Gente en La Habana

4 estampas para entender La Habana

5 octubre, 2015
Por: Texto y fotos: Ana Khan

Para muchos la capital cubana puede ser un viaje al pasado sin necesidad de atravesar el túnel del tiempo. El mar que la circunda no conoce orilla sino malecón. Esa línea de concreto puede ser el banco más largo del mundo, una pasarela donde contonearse en busca de amor o sexo, un salón de fiestas al aire libre, el muro donde empiezan o terminan los anhelos y sueños de sus habitantes. Añorada, odiada, amada y deseada; todos esperan que cambie, todos quieren llegar antes de que cambie.

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Las medias de malla

El escritor Leonardo Padura tiene razón. Mérito o defecto, si algo caracteriza a lo cubano es su desafuero. En 110.860 km² nacieron tres de los poetas del idioma español más importantes del siglo XIX: Heredia, Martí y Julián del Casal. Allí nació una bailarina como Alicia Alonso, un político como Fidel Castro o el campeón mundial de ajedrez José Raúl Capablanca, por no hablar de la innumerable cantidad de músicos y escritores cubanos. Un lugar pequeñito que pudo llevar al planeta cerca de la Tercera Guerra Mundial en 1962, cuando los soviéticos decidieron instalar misiles con ojivas nucleares a menos de 145 kilómetros de las costas de Florida. Capaz de soportar un embargo económico a lo largo de 50 años por la férrea voluntad de su gente quienes, tras la partida de la ayuda del bloque socialista, padecieron hambre y una brutal crisis económica conocida como el “periodo especial”. Los cubanos quizás sean una raza especial, a juzgar por su capacidad de aguante –ni hablar de la de su líder-. Un gentilicio encantador, sexy, seductor, musical, dicharachero, lo mismo bailan en la calle hasta las seis de la mañana que se gradúan en lenguas germánicas o física nuclear soportando 40 grados de temperatura.

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Yo soy venezolana. Ahora mismo, a punto de aterrizar en el Aeropuerto Internacional José Martí, con mi país a punto de entrar en su propio “periodo especial”, los cubanos (y esa sombra tan alargada que tiene esta isla en venezuela) no me caen tan bien. Pero, invita Louis Vuitton, que la firma de lujo mas conocida del mundo patrocine junto a la Galeria Continua la Bienal de Arte de La Habana, es algo digno de digno de curiosidad. De algún modo marca el fin de una era.

Aterrizo. Bajo del avión. Algo casi me golpea el rostro. Es el aire. Tan alta es la temperatura que casi podría cortarlo con cuchillo. Camino. Paso por inmigración, entrego mis papeles, la visa (sí, para entrar a Cuba se necesita visa), la tarjeta que certifica mi vacuna contra la fiebre amarilla. Sigo a buscar mi maleta.

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Siento que estoy en el infierno. Me recojo el pelo, tomo agua. Me resigno. Empiezo a mirar alrededor. Veo una funcionaria con medias de malla o rejilla. Pienso: “¡Está loca! ¿Medias?”. Solo gente con ínfulas de cabaret tolera estar así en un país tropical en un sitio cerrado con el aire acondicionado descompuesto. La maleta no llega. Continúo mi ejercicio de observación y noto que no es una, ni dos, ni tres, todas las mujeres del aeropuerto llevan medias de rejilla. Las veré en la calle bajo el sol del mediodía, en las mujeres que trabajan en el hotel, volveré a verlas en los bares. Medias de rejilla: un emblema de la seducción, como uniforme de aeropuerto. Pienso en Guillermo Cabrera Infante, en Pedro Juan Gutiérrez, en todos y cada uno de sus libros. En la fama de lujuriosos que tienen los cubanos. Concluyo: “Esta ciudad tiene alma de puta”.

Ay Habana, habanera ¿Será que me vas a enamorar?

 

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El Buick

 

El 17 de diciembre de 2014 Barack Obama y Raúl Castro, después de 56 años de enemistad, anuncian la normalización de las relaciones diplomáticas. Una certeza nos invadió a todos: el segundero de la ciudad, que se había detenido en el tiempo, iba a empezar a andar. Todo el mundo quería poner un pie en esa suerte de fresco vivo de 1959. ¿Quién no querría cantar sones en las alfombras impregnadas con el humo de tabaco de Hemingway del Bar Floridita? ¿Quitarse las pantaletas como hacía Ava Garner y blandirlas como bandera para dar testimonio de su capacidad de fiesta? ¿Quién no soñaba con escuchar el vozarrón de una cantante anónima de salsa que sería la próxima Celia Cruz?

Parece ser que medio mundo. El aeropuerto está a reventar.

Cuba está de moda. Por las calles de la Habana este año han desfilado Naomi Campbell, Paris Hilton (que posó muy sonriente frente al hotel que inauguró su abuelo, conocido hoy como Habana Libre), Rihanna, Annie Liebovitz o Conan O’Brien, solo por mencionar gente de la farándula y no ponernos a pensar en las intenciones de aquella visita de François Hollande o el mismísimo Papa Francisco. La Habana está de moda, solo en el primer trimestre del año el turismo aumentó un 25 por ciento.

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Pero, ¿algo está cambiando en Cuba? La respuesta es sí, si usted tiene dinero, dólares convertibles, CUCS, encontrará una Habana muy cambiada. Ya en la calle esperaba toparme un enjambre de automóviles oxidados y destartalados. Por el contrario, hay muchos taxis amarillos que parece nuevos, algunos negrísimos Mercedes-Benz y, claro está, autos americanos de los años cincuenta, solo que en perfecto estado. Como ya saben, soy turista, invitada como soy de Louis Vuitton me espera un Buick azul pastel para llevarme al hotel.

El interior del automóvil, conducido por un especialista en Filología Inglesa, es como estar dentro de una tienda de pastillaje. Todo es pastel. No tengo la sensación de estar viajando al pasado, tal vez porque el aire acondicionado funciona a la perfección y el filólogo chofer me cuenta cuanto tiempo ha invertido en esta máquina: años.

Dice Wikipedia que “La obsolescencia es la caída en desuso de las máquinas, equipos y tecnologías motivada no por un mal funcionamiento, sino por un insuficiente desempeño de sus funciones en comparación con las nuevas máquinas, equipos y tecnologías introducidos en el mercado”. Este Buick del 58 nunca tuvo tiempo de caer la obsolescencia. Sus únicas posibilidades eran continuar vivo o morir carcomido por el salitre y el tiempo. En Cuba, comprendo rápidamente, la necesidad, el aislamiento y la creatividad dieron al traste con uno de los fenómenos más comunes del mundo actual: la obsolescencia.

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Depende cómo lo veas, entrar a La Habana en uno de estos armatostes metálicos es correr en dirección opuesta al siglo XXI o ir montando en una de sus paradojas. No existe mejor formar de llegar a la ciudad y comprender por qué le han cantado tanto: La Habana, es bellísima.

 

 El Hotel Nacional

Es cierto, en algunos puntos del hotel es posible oler el paso del tiempo. Pero abierto sobre la bahía, la vista del Hotel Nacional captura dos momentos inigualables en La Habana. La salida del sol y su puesta. Su principal encanto radica, sin embargo, en que no importa cuántos hoteles boutiques abran, no importa cuántos hoteles remodelen, éste sigue siendo el hotel insignia de la ciudad y es, sin duda, el mejor lugar para entender qué está sucediendo en La Habana. O lo que está por suceder. En el desayuno es posible escuchar infinidad de conversaciones. Los dueños de la galería más famosa de México, Kurimanzutto, comentan de la fiesta de ayer; el expresidente de PDVSA, Rafael Ramírez, desayuna con unos funcionarios cubanos; un francés, cuya compañía fue comprada por los americanos, está agobiado porque hasta que la apertura económica no se dé, su empresa debe salir de la isla; Gabriel Orozco, el artista mexicano, busca un café después de haber recibido un doctorado Honoris causa por la ISA Universidad de las Artes, militares venezolanos, en sus uniformes de las fuerzas armadas bolivarianas, conversan entre ellos; una comitiva coreana celebra algo que ni atino a comprender; un español rubio de guayabera y sombrero panamá presenta una comitiva de cubanos a un grupo de empresarios de diversas nacionalidades (hay acentos españoles, venezolanos, colombianos): “Venimos a ver en qué podemos ayudar”, “venimos a ver qué está pasando”, dicen.

Mientras afuera en la calle miles de cubanos recorren el malecón y dejan pasar su tarde entre las obras de arte que se instalaron por la bienal, en el Hotel Nacional periodistas, artistas, curiosos, turistas y posibles oportunistas, todos se dan cita tarde o temprano para tomar un mojito en sus jardines. Todos se preguntan: “¿Qué está pasando en La Habana?”.

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Centro Habana

La Habana es una ciudad dolorosamente bella. Por una razón que está más allá de la luz, de la arquitectura o la presencia del mar. Es bella porque de alguna manera el paso del tiempo no la venció. O tal vez, impedida como estuvo de huir del vértigo de las horas, obligada a permanecer siempre igual, no le quedó otra que dialogar con el tiempo y exhibir las huellas de esa conversación.

Pero para llegar a conclusiones tan poéticas primero tuve que ser detenida por la policía. Mi crimen: perder un zapato.

La escena.

Camino hacia el Museo de Bellas Artes. Por primera vez el piropo de un hombre me hace caer en cuenta de mi edad -apenas un par de años para los 40- “Viejita, pero buena”. Mientras me debato entre devolverme y preguntarle dónde están mis arrugas, ponerme a llorar, mostrarle las tetas o hacer cien sentadillas, la preciosa sandalia naranja de mi pie derecho decide romperse. Quedo vieja y descalza por las calles de La Habana. Pienso en llegar con un solo zapato al museo: la higiene y mi nueva conciencia corporal me contienen. Pienso: “cerca del individuo que me dijo vieja no me quedo”. Camino a la esquina y no encuentro un taxi sino un bicitaxi que me cobra 20 dólares por dejarme en el hotel. 20 dólares es el sueldo promedio de un habanero. 20 dólares es el sueldo promedio de un venezolano. 20 dólares es el precio de mi vergüenza: los pago.

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Mi chofer se llama Yonel, tiene 23 años de edad, unos bíceps de ensueño y decide pasearme por el centro. Si usted pregunta en Centro Habana qué pasa en la Habana probablemente le dirán que nada. A pocos pasos del malecón el calor es más apremiante y Centro Habana es una amazona que no ocultas cicatrices. Todos los clichés sobre la ciudad: los perros, los niños, la ropa que cuelga, los hombres que juegan en los dinteles de los edificios, la pintura que se cae a jirones (si es que queda), los huecos en las calles… “Viejita pero buena” diría el perpetrador de mi desgracia del día.

Yonel es dibujante, quiso estudiar arte pero nunca tuvo el dinero suficiente para pagar los papeles en los que debía presentar sus trabajos para la admisión en la Universidad de las Artes. Ahora maneja bicicleta, cuida a su mamá y tiene un hijo de tres años. Yonel dice que la revolución le ha dado, pero le ha quitado sus sueños. Todo eso lo cuenta mientras escuchamos a Rihanna a todo volumen en una corneta que está justo detrás de mis ancianas nalgas y que solo necesita un pen drive para sonar (y digo yo: “¿Dónde habrá tan buena velocidad de internet que puede descargar canciones? Invítame”). A la policía no le gusta Rihanna y nos detiene por alterar la paz. Yonel saca sus papeles, yo me abanico con el sombrero, Yonel jura que esa música a tal volumen es una instalación de la Bienal de La Habana, yo juro que soy periodista y que él dice la verdad. 10 minutos de espera y me quiero quitar la ropa. 15 minutos y quiero una cerveza, pero no me puedo bajar del bicitaxi, estoy descalza. 16 minutos y Yonel se apiada de mí, y me trae una cerveza. Estamos muy cerca del Callejón de Hamel, un barrio que un artista callejero llenó de color y supongo trae vida a los lugareños: Odio el arte callejero, volteo para el otro lado. Hay un parquecito de concreto, 30 grados de temperatura y una humedad al cien por cien. Incluso así los niños juegan.

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Me quedo mirando el concreto y pienso que alguna vez leí al poeta sucio de La Habana Pedro Juan Gutiérrez. Recuerdo: “Tal vez, para suerte nuestra, la nostalgia puede transformarse de algo depresivo y triste, en una pequeña chispa que nos dispare a lo nuevo, a entregarnos a otro amor, a otra ciudad, a otro tiempo, que tal vez sea mejor o peor, no importa, pero será distinto”.

Quizás a pesar de la música, los sones y la “templadera” (templar es sinónimo de sexo en Cuba) la naturaleza de La Habana sea una nostalgia queriendo convertirse en chispa. Tal vez lo que llamamos belleza sea la permanente búsqueda de esa chispa.