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7 cosas que nadie te dijo antes de hacer el Camino de Santiago

19 Septiembre, 2015
Por: texto y fotos: Antonio Iskandar

No importa que tanto busques o escudriñes, solo sobre la marcha descubres que hay un montón de reglas, o más bien advertencias, que nunca nadie te dijo antes de decidir emprender la excursión.

Te despiertas un día como cualquiera y te das cuenta de que esa vida perfecta, de la que tanto presumes, se cae a pedazos, en fragmentos muy difíciles de juntar. Pareciera como si toda la energía del universo se abocara en convertir los hilos de tu vida ordenada, en un nudo totalmente desastroso. Comienzas a pensar, a abandonarte en un mar de lágrimas, tristeza e insomnio; pero, seamos realistas, no puedes pasar así el resto de tu vida. Enjuagas tus penas, te pones de pie y buscas en tu agencia más cercana alguna opción efectiva para alejarte de la realidad devastadora, tu nueva realidad. ¿Un retiro? ¿Unas vacaciones? Sí, pero ¿Qué pasaría si encontraras un punto medio, una mezcla de ambas?

No es novedad que desde el año 813 de nuestra era, cuando se descubren los restos del apóstol Santiago el Mayor, hasta el día de hoy, en pleno siglo XXI, son muchas las modificaciones que ha sufrido el cristianismo y por supuesto la historia española. Pero en medio de las montañas ibéricas existe un trayecto que se mantiene intacto a través de los años; acogiendo, diariamente, a cientos de peregrinos que caminan sin descanso entre senderos y montañas hasta vislumbrar las torres imponentes de la catedral de Santiago.

Religión, espiritualidad, deporte, cultura o simplemente una forma económica de hacer turismo son los principales motivos que impulsan a millones de personas de todas partes del mundo a recorrer los más de setecientos kilómetros de territorio hasta la urbe gallega. Y es que definitivamente, sea cual sea el motor, tomarse un mes o al menos unos días para apartarse de todo el bullicio del mundo moderno, siempre vale la pena.

Si buscamos en internet o en la biblioteca más cercana, podemos encontrar un montón de información sobre sitios de interés, rutas y albergues. Así que alistamos nuestra maleta, nos cargamos de fe y energía y tomamos el avión, el tren o el carro hasta el punto de salida. Allí comienza la aventura, y también, ahí comienza el desastre.

Aunque la verdad del camino no está escrita en piedra, mientras transitas descubres que hay un montón de reglas, o más bien advertencias, que nunca nadie te dijo antes de decidir emprender la excursión.

 

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1.Escoge bien tu camino.

El primer inconveniente se enfrenta justo al principio, en la elección de la ruta. Existen unas 8 formas distintas de llegar a Santiago, partiendo, por supuesto, desde ocho puntos y lugares diferente. Verifica bien que tu boleto te lleve realmente a la ciudad de destino que quieres. Toma en cuenta que en España pueden existir dos y hasta tres ciudades con el mismo nombre. Nada más desalentador que encontrarte perdido en medio de la nada. Si además, no quieres sufrir el desplante de albergues cerrados o sobre poblados de turistas, asegúrate de saber muy bien las condiciones de la ruta seleccionada antes de comenzarla. Ten presente que fuera de la temporada de verano mucho de los restaurantes, hoteles y albergues cierran sus puertas lo que reduce las posibilidades a solo un par de opciones.

    Amanece en la ciudad de Bilbao. Entramos al autobús con destino a Lorenzana (Lugo, Galicia) para continuar con el Camino del Norte. Pese a mis dudas Andrea (mi acompañante) compra los boletos asegurando que vamos en dirección correcta y yo soy solo un exagerado histérico. 8 horas después, el autobús se detiene en medio de una ciudad pequeña en el corazón de España. – ¿Dónde estamos? – le pregunto. En Lorenzana, por supuesto – responde. Caminamos perdidos un par de minutos, los símbolos del camino no aparecen por ningún lado. Miro a Andrea inquieto y molesto a partes iguales. – ¡Que estáis perdidos chavales! Esto es Lorenzana de León, la de Galicia queda a 12 horas de aquí.  

 

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2.No lleves cosas innecesarias.

Léelo de nuevo, no lleves cosas innecesarias. No, un secador de pelo no es necesario. Si no quieres padecer más que Cristo en el vía crucis cargando una mochila excesivamente pesada y sufrir, como yo, un mes soportando 20 kilos sobre tu espalda, ahórrate la vanidad de incluir objetos que de antemano sabes que no vas a necesitar. Con dos o tres mudas de ropa, un saco para dormir, desodorante, kit de primeros auxilios, cepillo y crema dental es suficiente. En todos los albergues hay servicio de lavandería por bajo costo, además, en todos los pueblos puedes encontrar algún mercado o farmacia abierta. Recuerda que vas a peregrinar, a ensuciarte, a caminar todo el día entre montañas y pantanos, nadie va a juzgarte por no llevar vestido de noche. Tu espalda, tus hombros y tus rodillas te lo van a agradecer.

    Mi camino comenzó al final de una visita corta en Londres, lo que supone, por supuesto, un par de días de compras nerviosas (ropa, zapatos, perfumes, cremas y todo lo que se atraviese en medio de los nervios). Como no tenía donde dejarlos, me los llevé a caminar conmigo. No solo tuve que soportar el peso exagerado, si no que por supuesto tenía que estrenar mis nuevos juguetes. En las noches, mientras los peregrinos conocían los pueblos en pijama, yo decidía engalanarme con zapatos de suela y trajes oscuros. No solo me veía bien ridículo si no que en pocos días me convertí en la sensación del bullying entre los peregrinos, quienes me apodaban la estrella de Hollywood de los senderos. Incluso las cuidadoras de albergues llegaron a pedirme autógrafos asegurando que era yo un reportero que grababa un programa en la ciudad.

 

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3.Mientras más viejo y usado el zapato, mejor.

Están disponibles, en el mercado, una gama inmensa de modelos de calzado especializado en senderismo y escalada. ¿Cuál debes comprar? Ninguno, créeme, ahórrate ese dinero. Me cansé de ver peregrinos con zapatos súper costosos y relucientes pasar noches enteras curándose ampollas y emanando alaridos de dolor mientras yo dormía tranquilo. La receta mágica es utilizar ese zapato deportivo que te encanta, que aunque esté viejo y feo, no puedes tirar porque te hace sentir realmente cómodo, ese zapato que no fastidia ni molesta es el que te va a terminar ahorrando miles de lágrimas en cada pisada.

    Andrea había olvidado sus zapatos en algún lugar del hotel y como era imposible hacer el camino descalza corrió a la primera zapatería del lugar para comprar unos tenis nuevos. Catástrofe mayor. Cada paso, un nuevo lamento. Ampollas, dolor en los dedos, uñas encajadas, insisto catástrofe. Pasados un par de días, el dolor llegó a ser tan fuerte que no solo me tocó cargar la famosa mochila de 20kg, si no la pequeña anatomía de mi querida Andrea. Recuerden, zapatos nuevos, NUNCA.

 

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4. Prepárate mentalmente para la experiencia.

Sí, muy espiritual, muy aventurero, muy energizante, pero te cuento que el Camino de Santiago consiste en despertarse temprano, caminar un promedio de 22 kilómetros diarios y llegar de noche a dormir en medio de una sala con 20 literas y unos 30 desconocidos, de los cuales, algunos roncan, otros no desprenden buenos olores y otros incluso no te dejan dormir. Como si fuera poco, te toca compartir no solo la ducha sino el baño completo. En pocas palabras, se trata de un viaje de resistencia y además una experiencia compartida. Pregúntate hasta 10 veces si realmente puedes soportarlo antes de embarcarte en el asunto.

    Es la primera noche, el primer albergue. Afuera hace frío, las calles están llenas de nieve. Adentro, gracias a la calefacción, calculo unos 43 grados (horno insoportable). En la litera del al lado, un polaco decide que no quiere bañarse, impregnando de sudor (no agradable) el olfato de todos en el albergue. A dos literas, un vasco barbudo duerme, y mientras lo hace imparte una cátedra sonámbula sobre filosofía. A mi derecha, un alemán dirige una orquesta sinfónica de ronquidos y secreciones y por si fuera poco, del otro lado de la habitación, a un madrileño se le ocurrió, de forma bastante considerada, entablar una larga y tendida conversación telefónica. Así que, como comprenderán, las dulces aguas de Morfeo parecían más bien un tsunami desastroso.

 

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5. Cumple las etapas.

Para los que no manejan el concepto de etapas, el Camino de Santiago tiene, dentro de sus rutas oficiales, estaciones preestablecidas, especie de guía de donde debe comenzar el día y donde terminar. Las etapas varían dese los 16 hasta 27 kilómetros de caminata diaria y aunque puede parecer poco a veces, sobre todo para los más atléticos, vale la pena tomarse un segundo para recordar esto no es una carrera contra el reloj, nadie te va a dar una medalla por llegar primero. No solamente eso, si no que, precisamente por ser una ruta preestablecida, si te saltas etapas o las dejas incompletas puedes correr con la mala suerte de no encontrar donde comer, tener que dormir en una plaza, o peor aún, en medio del bosque.

 

6. Intenta NO quejarte tanto.

Sí, en mayúsculas. Ya es bastante difícil dormir en literas incómodas con decena de caras anónimas y caminar durante todo el día como para también aguantarse una tarantella de quejas al oído. Trata de no convertirte en esa carga pesada de reproches y quejas innecesarias. Volvemos a uno de los puntos anteriores, ya sabías a lo que te enfrentabas, intenta disfrutar la experiencia, o por lo menos dejar que los otros la disfruten.

 

7. Visita las iglesias.

Por último, aunque no sean las corrientes religiosas las que te hayan arrastrado a hacer el camino, ve, por lo menos, una vez a alguna de las misas ofrecidas en los monasterios. No solo quedarás cautivado con la arquitectura sacra exhibida sino que, además, te puedes topar con grandes sorpresas y rituales que sumaran experiencias increíbles al viaje.

 

Después de Santiago, después del abrazo del apóstol, después de kilómetros enteros con los 20kg a cuestas y las quejas de Andrea con sus zapatos nuevos, después de un par de noches sin calma entre ronquidos y olores, después de un sinfin de paisajes abrumadores y el más eufórico sentimiento de alegría, descubres que la paz no es un tesoro que deba buscarse entre hojas caídas y recuerdos en ceniza; te das cuenta que el sol siempre brilló. De repente, abres los ojos y descubres que entre las ramas muertas de algún arbusto, siempre se cuela algún rayo de luz que te devuelve esa sonrisa que, desde hace algún tiempo, extrañabas al verte al espejo. Y eso, es también, una de esas cosas que nadie te dijo antes de hacer el Camino de Santiago.

 

Buen camino Peregrino.