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Anna Carbonara y María Anoscia: el sabor de Puglia en Caracas

5 Abril, 2016
Por: Ramón Barreto / Foto principal: Alejandro Olivares

Hay un popular refrán en el sur de Italia que reza “A tavola non si invecchia” (en la mesa no se envejece) y estas mujeres son la prueba. Un dúo cuya historia deja a cualquier filme de Fellini como algo más bien modesto. Sus vidas son mucho menos conocidas que las de Sofía Loren, pero esto no le resta la frescura ni el sabor generoso que imprimen en cada relato, un gusto por la vida y la tierra que cada día se renueva al preparar sus clásicos Orecchietti con le cime di rapa, al separar las hojas del “monte” que comen a diario y al ser embajadores de un país cuya cultura entra por la boca.

Tal y como lo refiere la periodista Vanessa Rolfini es necesario honrar la maestría con que estas mujeres han cocinado por generaciones preservando sus recetas intactas y con ellas, memorias y prácticas agrícolas que llevaron a Venezuela al progreso. Hoy el par de nonnas de la Avenida Victoria en Caracas celebra cómo el prestigioso restaurante D.O.C de Los Palos Grandes incluyera en su carta una sección de pastas y salsas tradicionales usando sus secretos.

Anna tiene más de 55 años en Venezuela y María un poco menos, ambas son cuñadas y vienen de la Puglia, al sureste de Italia, el tacón de la bota, el rincón soleado en el que las colinas se funden como el mar. Junto a ellas llegaron más de 100 mil italianos como parte de la política de “Puertas Abiertas” que impulsó el General Marcos Pérez Jiménez en 1952 en Venezuela.

Ellas llegaron a una “terra promessa” que les permitió superar los embates de una guerra cruenta, del fascismo y la miseria. La Venezuela de ese entonces poco tenía que ver con la actual.

Barco Anna C / Foto de histarmar.com.

Barco Anna C / Foto de histarmar.com.

La historia de Anna es un verdadero cuento de amor. Una adolescente se fugó con su novio desde Bari a Roma, retrasando los planes de su familia que estaba a sólo días de “far l’America” y dejar Triggiano, junto a su romance, en el pasado.

Anna quería ser monja y su marido cura, obviamente buscaban una excusa para verse a diario en el claustro. Los hábitos no fueron necesarios y ante el compromiso inminente “y para evitar qualche cosa” fue su madre decidió formalizar el asunto y organizar una boda de 400 invitados. Todo a cuenta regresiva unos meses antes de la partir a Venezuela en el famoso barco “Anna C” que salió desde Tenerife el 30 de noviembre de 1959.

“Mi esposo llegó 3 meses después que yo, lo mandamos a llamar porque era profesional, un barbero excelente,  al poco tiempo tuve mis primeros hijos, mi hermano siempre me decía que lo hice todo muy rápido. A los 21 años era responsable de mis hermanos, ayudaba a mi madre y así comenzábamos una vida”.

Postal de La Guaira / Delcampe.com

Postal de La Guaira / Delcampe.com

El “zio” Carbonara fue el primero en pisar La Guaira a los 16 años en 1951 y años después sería el turno de su padre, un constructor que no consiguió ningún obstáculo para que sus 11 hijos se instalaran en una Caracas llena de grúas, edificios modernos, arquitectos de todo el mundo, “carros, había carros por montones”. Desde entonces, Anna echó raíces para nunca más separarse de este calor tropical.

“Recuerdo la primera vez que llegamos y vimos el puerto, aquello parecía un pesebre. Esos ranchitos prendidos. Mi mamá se asustó y le preguntaba al capitán si habíamos llegado a Belén por error. Luego subimos a Caracas y qué maravilla, las luces, los carros, las carreteras nuevas. Arribamos a la Avenida Nueva Granada, recién estrenada y vivimos muchos de años en el edificio San Francisco Javier en donde operaba el correo, una verdadera belleza. Más adelante pasamos a la Avenida Victoria en los sesenta y de ahí no me he movido”, cuenta Anna.

¿Y qué música le recuerda esa época?

Nuestra casa siempre fue una alegría, mis hermanos tocaban la mandolina y nosotras siempre cantábamos, era de verdad una constante alegría. Sentarnos todos en un “tavolone” (una gran mesa), hablar del día, de la vida, de los nietos. Estas canciones me hacen recordar ese tiempo:

Es común encontrar historias de superación entre los italianos en Venezuela que dejan a cualquier CEO de Sillicon Valley como improvisados. Anna recuerda que sus hermanos, los pioneros, llegaron a las barracas que apilaban inmigrantes en La Guaira, inmigrantes que esperaban ser contratados para subir a Caracas.

Su familia fue una de las tantas que “construyó el Centro Simón Bolívar y media ciudad”, pudieron levantar con trabajo y “tantísimo sacrificio”, una vida que en Italia era imposible.

“Recuerdo que al mes ya tenían carro y a los meses una casa propia. Eso sí, trabajaban del día a la noche, sin descanso pero aquí en Venezuela lo tuvimos todo, la moneda valía, uno ahorraba con mucho sacrificio pero podía tener las cosas”, afirma Anna.

Venciclopedia.com

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¿Como ha sido la mesa familiar a lo largo de estos años?

Pasa lo que tiene que pasar en la vida, mis hijos son todos hombres grande, algunos afuera, el menor es todo un “cicciobello” muy grande  y alto, no como mi marido que es flaquito así como tú, pero seguro tu también eres como él que come muchísimo y le brillan los ojos cuando digo “pasta” yo le preparo su té de hierba buena y ese hombre se pone “fastidioso, potente”… Me tengo que esconder. Ya no cocino tanto como antes, pero siempre complazco a mi esposo que no puede vivir un día sin mi pasta. Un hermano sí se devolvió a Italia, otros se casaron y se fueron a Los Ángeles. Hay de todo en mi familia: venezolanos, nueras peruanas, nietos nacidos en México… De todas las tierras y yo los adoro.

¿Y se regresaría a Italia?

No. Yo amo mucho a Venezuela. Siempre viajo a Italia, pero aquí la gente es chévere, pese a la división que hay ahora. Y el clima… ¡Cómo me gusta! Sólo pensar en ese frío me da dolor. Dígame cuando pasa ese viento de “maestrale” en la Puglia, un frío que corta… Por eso me deprimo a ver la situación del país ahora. Un país que lo tuvo todo y en el que ahora nada vale nada. La familia para mi sigue siendo lo más importante, reunirnos a la mesa y conversar.

La energía, las ganas de comer y el perfeccionamiento del arte de vivir siguen siendo parte del día a día de Anna y María, de todas formas, sin importar lo que ocurra vale la pena usar la sabiduría del sur de Italia y encomendarse al “mangia che ti passa”, en español sería algo como: “come que luego todo se arregla” ¡Y vaya cómo les ha funcionado a ellas!

Av. Victoria