desierto, atacama, san pedro de atacama, chile

Atacama: Viaje al lugar más árido del mundo. (Parte I)

18 septiembre, 2015
Por: Ana María Khan / Fotografía: Juan Jeagger y Fran Beaufrand

 Visitar el desierto de Atacama, en Chile, es una de las travesías más extraordinarias que alguien pueda emprender. Hace 23 millones de años que la lluvia no cae aquí. Es como ir de viaje a la Luna, o quizás a Marte. No se parece a nada.

desierto, atacama, san pedro de atacama, chile

1

El cielo protector

Esta allí lo sé. En camino. Busco al viento para que la desvanezca pero ella, altanera, se empeña en aparecer. Nadie le ha dicho que conmoverse con la belleza de una puesta de sol está mal visto desde el siglo XIX. En vano, me quedo rezagada, la lágrima insiste. Siento como se asoma por el ángulo de mis ojos, justo ahora que se está poniendo el sol. Justo ahora que una luna casi llena se adueña del cielo; ella quiere salir. Fluye. En el Valle de la Luna se está muriendo el sol y yo, intento, contener el llanto. El lugar me sobrepasa. Se impone por encima de mí. La belleza me sobrecoge más allá de toda razón. Pero, ¿esto es belleza? ¿A este lugar a 2500 metros sobre el nivel del mar donde el único rastro de vida soy yo, se le puede considerar bello? Nada hay. Sólo arena, sal, viento y cielo.

Este es el desierto de Atacama. 150 millones de años lo convierten en el más antiguo del mundo, una pluviosidad de un milímetro al año en el lugar más seco. Quizás, alguna de estas rocas ante las cuales estoy de paso, tenga veintitrés millones de años en el mismo sitio. Cincuenta veces más de lo que nuestra especie ha tardado en encontrar la cadena de ADN.

Este desierto en el que no hay ni una gota de agua fue, en algún momento, un lecho oceánico, el caldo amniótico de la vida. ¿Cómo puede el mar convertirse en algo tan seco que lo único que se le asemeja es la luna? A esa luna insoportablemente brillante que me persigue. Esa luna que ahora mismo se enfrenta al sol desde la otra esquina. Esa luna que ahora mismo corona los volcanes y, parece decirle al Licancabur: sigue tranquilo. Y él, se está tranquilo. Utiliza su fuerza para darle calor a la Laguna verde y a todos esos rosa pálidos flamencos que habitan a 4350 metros de altura. A los pies del volcán.

Ese, todos estos volcanes que me rodean con su imponente presencia de fuego, me recuerdan que la tierra es un organismo vivo. Un ente en constante evolución. Ajena a nosotros, pasajeros momentáneos de su faz, va cambiando a su propio ritmo. Lo que antes era un mar elevó su altura porque la placa tectónica del Pacífico lucha contra la del continente. Se desliza por debajo de ella como el amante fervoroso que desea fundirse con el cuerpo de su amada. Ese empuje elevó el lecho marino y formó los volcanes. Ese empuje de hecho, hizo emerger el país en el que estoy: Chile.

La tarde ha sido espléndida. Jorge Van Marées, nuestro guía de Explora, nos ha contando la historia del salitre. Nos ha hecho ver cómo aquí, este lugar en el que se tardaría un siglo llenar una taza de café de agua, la vida humana ha sido una constante. Chile, que fue durante mucho tiempo una de las colonias españolas que no reportaba ganancias a la corona, conoció la bonanza económica gracias al nitrato de sodio. El material, más que abundante en las tierras que piso, convirtió la región en el “sitio” que movió la economía del país desde mediados del siglo XIX hasta la Crisis del 29.

desierto, atacama, san pedro de atacama, chile

En esos tiempos este desierto en el que no hay nada estuvo ocupado por los mineros, por sus sufrimientos, por sus amores, por todos sus jadeos de placer y todos sus llantos. Este desierto estuvo lleno de pueblos hoy engullidos por la arena. Sus voces, sin embargo, siguen existiendo, sus rumores aún recorren estas tierras. Están con nosotros en el tramo final del Valle de tiempo. Sus pisadas están debajo de las mías. Ellas saben algo que apenas entiendo: así será la tierra cuando nosotros seamos sólo el eco del eco de unas voces muy lejanas.

La lágrima insiste en salir. Ya casi la siento llegar, puedo probarla, sabe a sal. Lo mismo que el desierto. Intento ocultarlo y me siento un rato. Frente a mí Débora, compañera de viaje, tras ella rocas y más rocas erosionadas por el tiempo. Tan perfectas que repentinamente siento que estoy en un mundo de ficción, en un estudio de televisión o en un viaje psicodélico. Miro a Débora, debe estar pensado algo similar.

– Creo que en algún momento va a aparecer ET queriendo hacer contacto –me dice y ríe.

Recuerdo a Paul Bowles. Cuando llegue a casa buscaré el libro y daré con algo que me hubiera gustado decir en ese momento a mis compañeros. Explicarles de algún modo que tras esa luna incandescente sólo hay oscuridad. Que uno viaja geográficamente, acumula kilómetros, millas, itinerarios, pero la travesía verdadera ocurre dentro de nosotros. El verdadero viaje consiste en observar el desplazamiento de nuestra alma en diversas geografías. El verdadero viaje es aquél en donde kilómetros y sentimientos se entrelazan hasta crear una carretera que conduce al mismísimo meollo de nosotros mismos. Ese lugar en el que tal vez no pueda alcanzarnos la nada.

«Apoyando la cabeza en el regazo de Kit, contempló el cielo claro. De vez en cuando, muy suavemente, ella le acariciaba el pelo. El viento subía cada vez con más fuerza. Lentamente, la luz del cielo perdía intensidad. Kit echó una mirada al árabe; no se había movido. De pronto le dieron ganas de regresar, pero se quedó absolutamente inmóvil mirando con afecto la cabeza inerte en la que se posaba su mano.

-Sabes –dijo Port, y su voz sonó irreal, como ocurre después de una larga pausa en un lugar perfectamente silencioso-, el cielo aquí es muy extraño. A veces, cuando lo miro, tengo la sensación de que es algo sólido, allá arriba, que nos protege de lo que hay detrás.

Kit se estremeció ligeramente.

-¿De lo que hay detrás?

-Sí.

-¿Pero qué hay detrás? preguntó Kit con un hilo de voz.

-Nada, supongo. Solamente oscuridad. La noche absoluta».

Paul Bowles

El cielo protector

desierto, atacama, san pedro de atacama, chile

Música para volar

Aún es de noche. No se asoma el sol por ningún lado pero la luna ya se está marchando del cielo. Se fuga para otro lado y deja sobre nuestras cabezas un manojo enorme de estrellas. Pero ahora no puedo ver estrellas. Me ocupo de otros menesteres. Vamos al campo de géisers El Tatio. Uno de los escenarios más impresionantes de todo Chile.

Son las cinco de la mañana y en el lobby del Hotel Explora nos espera ese Virgilio llamado Pol que dirige en la distancia nuestra travesía por el desierto. Sospecho que ha escogido cada guía, cada paseo para convertir esta breve estadía en una experiencia de viaje.

Pol como nosotros es un animal urbano. En realidad su profesión, o su otra pasión (me temo que este es un hombre de pasiones lúcidas), es la pintura. Su trabajo tiene una clara influencia de Matta, una veta a lo Murakami y según él algún vestigio de Pollock. Él encontró su vocación cuando tenía 15 años y sus padres lo trajeron a Atacama. “Mientras caminaba por el Valle de la muerte, sentí cómo la vida se podía manifestar en ritmos totalmente distintos a los conocidos por mí. Sentí que a veces las cosas pierden el sentido. Entendí que nada es absoluto y que el fondo [o trasfondo] de lo real queda sujeto a variables que no siempre tienen que estar a la medida humana. En ese momento comencé a tomarle valor a la desestructuración relativa a la dinámica de la vida, y la pintura nació como respuesta a dos necesidades que nacieron en ese momento: transmitir de alguna manera lo que pasa por mi cabeza y poder desarrollarme en un medio donde la estructura no opaque el impulso”.

Ese es el Andrés Polgatti pintor. El que veo ahora nos increpa a buscar ropa más abrigada. Ayer la temperatura estuvo a menos nueve, dice. Salimos todos. Traemos mantas, más pantalones, nos prestan chaquetas. Apertrechados partimos en la van.

Todavía es de noche no hay sol, no hay luna. Sólo estrellas. Todos duermen. Hoy es su cumpleaños. No encuentro modo de estar cerca de él y encuentro mi iPod. El modo de invocarlo, de llevarlo conmigo a todas partes, es poner música. La que hemos compartido en todos estos años juntos.

Mientras ellos duermen yo busco mis audífonos y lo invocó. Es de noche y en mis oídos resuena todo ese amor que hemos compartido por años. Como guiado por alguna mano invisible suenan las composiciones de Ennio Morricone el encargado de ponerle música de desierto a las películas de Sergio Leone. Más tarde se oye la voz de Alessandro Baricco acompañado de la banda francesa Air. Narra un western. Allí también hay arena. No ha salido el sol, no hay luna. Il Secondo Giorno suena y yo pienso en él. Mientras oigo en la canción: “No hay pájaros, ni serpientes en el polvo, arbusto ni horizonte, nada”. Puede que aquí no haya nada pero tú, amor mío, estás siempre conmigo.

El camino sigue. La van avanza. Todos se despiertan. El Sol apenas se insinúa. Acabamos de llegar.

A 4200 metros sobre el nivel del mar se encuentra este extrañísimo campo geotérmico. El vapor, que se sale de los géisers a 85 grados centígrados, al entrar en contacto con el aire helado invade todo el lugar y da pruebas de la furibunda pasión que sucede en las entrañas de la tierra. El combate de las placas tectónicas al entrar en contacto con el agua subterránea produce estos violentos chorros de vapor que escapan por las grietas de la superficie. Me acuesto por un rato en la superficie, espero que el sol llegue a lo alto. Allí, donde el humo no brota, espero que el lugar me posea con la misma fuerza que, a dos kilómetros de mi cuerpo, una placa tectónica a la otra.

Me levanto, voy a la van, tomo un té, como un ponqué delicioso. Tal vez el único que tomaré a 4200 metros de altura. Eso es Explora, el lujo más simple, el más necesario, el más esencial en el lugar que menos te lo esperas.

para continuar leyendo, haz click aquí

desierto, atacama, san pedro de atacama, chile