desierto, atacama, san pedro de atacama, chile

Atacama: Viaje al lugar más árido del mundo. (Parte II)

18 septiembre, 2015
Por: Ana María Khan / Fotografía: Juan Jeagger y Fran Beaufrand

Visitar el desierto de Atacama, en Chile, es una de las travesías más extraordinarias que alguien puede emprender. Hace 23 millones de años que la lluvia no cae aquí. Se parece a la luna, se parece a marte. No se parece a nada. Esta es la segunda parte de un viaje inolvidable

para leer la primera parte, haz click aquí

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Estación El placer

Empieza el descenso. Los volcanes, desde aquí, no son una presencia lejana sino compañeros de ruta. Son muchos. Nunca alcanzaré a saberme los nombres. Sé que uno de ellos está activo. Sé que son muchos. Estamos en el altiplano. Bolivia está del otro lado. Hay vegetación, incluso lagunas. A ratos se dejan ver guanacos, algunas aves. Después de tanta aridez la vida, en cualquiera de sus formas, no puede menos que conmoverte.

Todos despiertos, hechizados con el paisaje. Blue pide música. Rene nuestro gurú del día la complace. Su iPod es el secreto mejor guardado de Atacama. Descendemos por estos paisajes incandescentes arrullados por el sonido de Barry White. Y la música lo humaniza todo. Lo vuelve cercano. Entrañable. El desierto es nuestro.

El algún momento salimos del camino y enfilamos quebrada abajo. A nuestro lado un precipicio donde bien podría estar parado el coyote esperando al corre caminos para atinarle con el yunque. Algunos lo hacen a pie. En medio de la piedra se deja ver el verde. El verde a su vez está salpicado con algunos colores, a medida que te acercas además de colores puedes ver agua. Las termas de Puritama a 3700 metros son lo más parecido que existe a la olla de oro al final del arcoíris: Aguas medicinales a 30 grados bajo el sol,ahora no tan inclemente, del desierto.

Mientras nosotros jugamos en el agua, Rene despliega sus encantos y nos prepara abrebocas de salmón, queso, aceitunas, jamón y pan. Todo rociado por vino. Aquí no hay música. No hace falta. El sitio que, vale decir tiene una preciosa arquitectura, te posee por completo. Casi es posible oír el sonido de los reflejos del sol en el agua, la caricia del viento sobre las piedras, la conversación entre las plantas.

Fran y yo salimos a pasear y en el camino se aparecen todos nuestros afectos: Carlos está jugando con las espigas que protegen las piscinas individuales, Sandy está en el mirador observando el infinito, José ha de estar buscando la terma más extraña, la que esté más lejos. Mientras caminamos los podemos ver, sentimos su presencia. Nosotros los invocamos, ellos nos acompañan.

Regresamos, nos encontramos con los otros. Nuestros compañeros. Los miro jugar con el agua, tomar sol, ser felices. Ellos no lo saben pero estarán conmigo siempre. En este tiempo que se repite infinitamente en algún lugar. Sus voces serán parte del soundtrack que me asista cuando lo invoque para poder volver a sonreír. Porque todas sus risas estarán allí cuando me sienta sola y deba echar mano a los momentos alegres para convencerme, nuevamente, que lo mejor que tenemos es la vida misma.

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Rock with you

Sí, son flamingos. Tan rosas como los que habitan en Miami, Aruba o Bonaire. Los flamencos, así los llaman los nativos, aportan a la aridez de paisaje una inusual ternura.

El agua de la Laguna de Chaxa desciende al Salar de Atacama, cuenca hidrográfica de 90 kilómetros de largo y 35 de ancho, de las cordilleras y volcanes. El agua, al entrar en contacto con el siempre inclemente sol de la región, se evapora y deja sobre la superficie una especie de costra conformada por salitre y minerales. Para llegar hasta allí se atraviesa una versión liviana del desierto. Hay vegetación, animales, incluso pueblos. Pero no son ellos los que atrapan mi atención. Miro a los flamencos un rato como se mira algo bello pero irrelevante. Dirijo mis ojos hacia las montañas y ahí está el Proyecto Alma: Atacama Large Millimeter/submillimeter Array. El radio telescopio más grande del mundo.

A 5000 metros de altura en el Valle de Chajnantor se enfrentan al cielo 66 antenas radioeléctricas de alta precisión con el fin de estudiar los objetos fríos del universo. Alma tiene como bandera encontrar sistemas extrasolares, galaxias y estrellas que nacieron en los albores de nuestro universo (justo después del Big Bang), desentrañar el misterio de la formación de estrellas y planetas y analizar los flujos de polvo de estrellas, ese material del que estamos hechos.

La visión del complejo científico que tiene su base de operaciones a 2900 metros trae a mi cabeza al santo patrono de este viaje: Carl Sagan. Muchas fuimos las personas que oyendo su voz en el programa Cosmos nos adentramos en los misterios del universo. En su nave espacial musicalizada por Vangelis recorrimos el Cinturón de Orión, los anillos de saturno, la Vía Láctea y al descender de ella llevábamos con nosotros un entrañable amor al saber. Algo tan inmenso como el universo y de eterna expansión como dicta la segunda ley de la termodinámica. Carl Sagan nos enseñó que todo y todos estamos hechos de polvo de estrellas. Y es éste el mejor lugar que existe en el mundo para verlas.

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Pero ¿qué por qué? En la región de Antofagasta se dan cita varios fenómenos que confabulaban para hacer de éstos los cielos más diáfanos del mundo. Ráfagas de agua fría provenientes de la Antártida, conocidas como la corriente de Humboldt, enfrían un aire que debería ser cálido. El fenómeno origina una inversión térmica que altera un clima que debería ser tropical. A las heladas aguas del sur se suman el aire que, otrora caliente, venía del Ecuador que, cuando llega a la latitud 23 26 37 del trópico de capricornio ya ha dejado toda su agua en el camino. Como si eso fuera poco la Cordillera de los Andes sirve de barrera para las lluvias que vienen del Amazonas. Esa conspiración de viento, aguas y latitud convierten a este sitio en la geografía idónea para poner un ojo en el cielo. Tanto así que los observatorios más importantes se encuentran aquí: Atacama Large Millimeter/submillimeter Array (ALMA), el Very Large Telescope del Cerro Paranal, Observatorio Las Campanas (Carnegie USA) y, pronto apuntará al cielo, el European Extremely Large Telescope.

Se lo disputan nuevamente el sol y la luna. Justo cuando el sol muere. Emprendemos el camino hacia la van. Aparecen las bebidas, salen de nuestros cuerpos los abrigos, Rene pone música. Yo sigo celebrando el cumpleaños. Cuando pasamos por delante de Alma, ponemos Rock with you de Michael Jackson. Tal vez, pienso, las 66 antenas repitan a lo largo de todo el universo esta invitación que le hago para bailar.

Polvo de Estrellas

Regreso al hotel. Explora es un hotel de lujo. Sí. Pero es algo más peculiar que un hotel de lujo. Explora es un campo base. De lujo, claro. Antes de ir a mi habitación busco en la barra mi primera copa de vino de la noche. Un vagabundo Shiraz de la bodega chilena Gracia introduce en mi cuerpo todo el ímpetu necesario para emprender la próxima aventura: el baño. Llego a mi habitación con vistas al Licancabur y me desvisto. Feliz meto mi cabeza arenosa bajo esa regadera de medio metro de diámetro. Seguiré feliz hasta la cena donde habrá más Shiraz vagabundeando por mi cuerpo. Habrá un magret de pato algo más sedentario y un tabule de quinua también travieso. Después de la cena seguirá el Shiraz. El Shiraz me acompañará a la sala principal donde Jorge esperará para darnos una breve charla introductoria: hoy vamos al observatorio.

Cuando la charla termine iré a la barra por, claro está, un Shiraz. Seguiré a Jorge a las fueras del campo base. Iluminado tenuemente por unas luces rojas se deja ver el observatorio. Está catalogado como el mejor observatorio amateur que tiene hotel alguno en el mundo. Su telescopio, el Meade 16” f/10 LX200R Advanced RD, tiene una óptica avanzada similar al de uno profesional. Su espejo principal es de 40 cm de diámetro, y gracias a su resolución y nitidez podremos espiar a las estrellas. La luna, ya se sabe, está casi llena y como los cielos aquí son tan claros nos encandila. Sin embargo, Jorge nos lleva de paseo por el Mar de la tranquilidad. Con los ojos puestos en la mira del telescopio, y gracias a sus palabras, vamos rozando el borde como el amante el pezón de un cuerpo desconocido.

Vamos paseando por las estrellas. La luna casi llena no deja verlas. Pero no importa. Igual visitamos alfa centauro, queremos arrancarle las joyas al joyero de astros, le dejamos saludos a omega centauro, y otros lugares cuyos nombres se me escapan porque viene una sorpresa. Uno a uno van pasando hasta que Fran me dice: “Ana Khan ven acá”. Asomo el ojo a la mirilla. Grito. “Los anillos de Saturno”. Suena en mi memoria: “El cosmos es todo lo que es, o todo lo que fue, o lo que será alguna vez. La contemplación del cosmos nos conmueve: es como un hormigueo en la columna vertebral, una voz interna, una pequeña sensación, sabemos que nos acercamos al mayor de los misterios….”. Gracias Carl Sagan.

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