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Barranquilla. Que Dios, o el diablo, me agarren bailando cumbia. (Parte I)

16 septiembre, 2015
Por: Ana María Khan / Fotografía: William Fernando Martínez

Barranquilla es una de las ciudades más vibrantes de Colombia. Es tierra caliente, húmeda por la cercanía del mar, con muchos colores de pieles y formas de ser. Un sitio donde se baila, se goza, se come sabroso y que, además, tiene una economía en alza. Y es el escenario de una de las fiestas más intensas de Colombia: su carnaval. A medio camino entre la majestuosidad de Rio de Janeiro y con calidez de una ciudad pequeña esta es la juega perfecta

El carnaval, este carnaval, es un exorcismo. Un ritual colectivo en donde cada quien, más que ser otro, es lo que quiere ser. Lo que nunca pudo ser. Lo que jamás se atrevió a ser. Lo que no sabe qué es. Donde todos por un rato se despojan de lo que son, de lo que quieren, de sus frustraciones y se dedican por un instante, a vivir.

 

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La guacherna Vol.1

Delfos se hace el chino. No es un oráculo convencional. Nadie lo busca. Es él quien te encuentra.

-Usted vino aquí a exorcizarse. Agarre y baile hasta que se le salgan todos los demonios -me dice mientras enciende mi cigarrillo y le pasa la lumbre a Pablo Escobar Gaviria.

A nuestro alrededor hay 14 mil personas. Es de noche. Hay música. Muchas músicas. Todas se confunden. A pocos pasos está la boca del discreto encanto de la burguesía, tres chicas de peluca rosada. ¿Serán la Scarlett de Lost in Translation o la Natalie Portman de Closer? Más acá la Mujer Maravilla, un paso más allá Victoria Abril con el sistema solar en la cabeza. La novia de Chucky se da un beso fugaz con una enfermera, Charles Chaplin se resiste a hablar. Por ahora estoy en “Disfrázate como quieras”. La comparsa de los artistas, de los intelectuales, de los libres pensadores.

-Algunas mujeres tienen algo más que bolas. Tienen vagina. Cuca como se dice en su país. Usted es así, asúmase -me dice Delfos quien enciende el cigarrillo de un monocuco caleño.

Carlos, mi oráculo, es la encarnación de Barranquilla: abierto, franco, amoroso, altanero, tierno y, en partes iguales, tan silente como bullicioso. Es él quien –también- me da la llave para entenderlo todo. Suerte de Virgilio disoluto, su mordaz verbo me guiará a través de este trance colectivo que es el carnaval. Ahora mismo el pre carnaval.

-Por sobre todas las cosas baila. No dejes de bailar. Sacúdete hasta que todo se vaya. No olvides que quien no baila produce desconfianza –dice.

-Charly, yo no sé bailar ni merengue -digo.

-Aprenda -dice y se va con Pablito.

 

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La guacherna Vol.2 / Fantasmas

A su alrededor gritan: ¡Reina, reina, reina! Oye la palabra y sonríe. Conoce el secreto: Ser es parecer. Cuesta caro. Ella pagó el tributo que exige todo lujo. Lo atestiguan las 110 plumas de avestruz, las 40 plumas de faisán, las más de mil plumas de gallo, los cientos de cristales y los dos frascos de maquillaje que le cubren todo el cuerpo. Dos millones 800 mil pesos en materiales, más 700 mil en hechura. El viento agita la maleza de plumas amarillas. El carnaval apenas comienza.

Vanessa sabe lo que quiere. Si necesita pagar lo hace. Quiso un par de tetas nuevas, las tiene. Quiso un traje deslumbrante, lo compró. Quiso parecer  reina, lo logró. Nadie en  la calle 40 tiene un traje como el suyo. Por donde camina le gritan reina, reina. Una reina no es, una reina se viste. Miro a Vanessa y también sonrío. Conozco a la perfección el mecanismo: ser es parecer. El vestuario es el modo más obvio de detentar los símbolos de aquello que deseamos ser: Guapos, poderosos, esplendorosos, felices, intocables. Semidioses en tierra. Personajes de campaña publicitaria de marca cara. Sonrío. Pienso, ¿cuántas veces no he deseado ser mujer de campaña Michael Kors? Guapa, adinerada, exitosa, intocable, impoluta, invencible. Mujer sin problemas. De avión privado y yate. Ay, Vanessa. Cuán parecidas somos. ¿Qué nos importa el hambre en África, la guerrilla colombiana, la franja de Gaza, a nosotras que sólo queremos por un instante estar del lado de los bellos? Nada. Tú como yo practicas la impostura a diario.

“Todas están afocadas con ese traje”, me dice José. Tiene 19 años. Con mucho trabajo se inventa lentamente una carrera como diseñador de vestidos fantasía para el carnaval. Autodidacta. Lo que sabe lo aprendió viendo videos por Youtube de los jolgorios cariocas. Destrozándose las manos con pega, alambre y canutillo. Lleva puesto mi disfraz de monocuco. Lo necesitaba para participar en el desfile. Como tengo credencial, voy sin disfraz. En medio de tanta gente siendo lo que quiere ser, ser tú mismo es casi un alivio. Arranca La Guacherna. Con José soy la comparsa de la comparsa. Carlito’s way: bailo. Me canso. Necesito reposo.

Donde no se posa la mirada de Vanessa encuentro a Cindy. Nos damos cita porque no soy la reina, porque nadie cree que soy la reina y porque estoy cansada. En el carnaval cuando no eres nadie tienes derecho a cansarte. Está en un recodo de la Via 40. Tiene quince años. Si quieres darle la mano te la da. Si te dejas te abraza. Detrás, sosteniendo la silla, esta su madre. La misma a la que preguntaré –metiendo la pata, qué carajos- si es su abuela. Cindy me abraza. A las que son como Cindy nadie las mira. Pocos se le acercan. Ella no tiene cámara ni puede alzar la voz fuerte. La vida nunca nos deja en paz. Siempre nos regresa con los nuestros. No puedo evitar recordar a mi madre también detrás de mi hermano, que al menos camina pero no puede alzar la voz muy fuerte. Mi madre. Mi hermano. Mirando siempre -como ellas en este instante- los toros desde la barrera. Vidas tremendamente distintas al mundo perfecto que Michael Kors propone.

Aparece el primer fantasma de la noche. Decido rendirle tributo bailando con la furia de quienes pueden dar la faena hasta morir.

 

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Off Guacherna / Le voyage de Penélope

Al principio era el peluche. Luego tímidamente en el pantalón apareció la lentejuela. En el año 2005 la plata no daba para más. Pero Álvaro Altamar conoce, también, el secreto: Ser es parecer. En el año 2006 la camisa era brillante. Año tras año más brillante se hacía el Congo Grande de Barranquilla. Más premios ganaba. “El brillo ha hecho que nos aplaudan más. Allí están los premios. Eso lo demuestra. Antes hacían los pantalones con tela de sofá. Pero yo sé que si salimos bonitos, nos van a ver, vamos a ganar. Y el carnaval siempre quiere más, ya no encuentro por donde ponerle”.

Álvaro Altamar esta noche no está en casa. Ni en La Guacherna. Dice que eso no es serio. Está trabajando como vigilante. En casa reposa solitaria la capa de Congo que lo trae de cabeza. La capa de terciopelo negro que desea perfeccionar. Allí sobre el único sofá del hogar esta la capa con sus estrellas plateadas, sus 20 apliques de lentejuelas, su marimonda de lentejuelas. Un poco más allá en un sillón el pantalón, como no, de lentejuelas. Colgando de la pared una penca, evidentemente, de lentejuelas. En la silla una camisa, para qué decirlo, de lentejuelas. La pasión de Altamar está desperdigada por toda la casa. Sólo una cosa falta: Maribel. Su esposa.

Maribel no está en La Guacherna. Está de viaje. Lleva 10 días fuera de casa. Atravesó tierra y agua. Viene de Magangue, un pueblo al sur del departamento Bolívar. Días atrás murió su padre. En Barranquilla la esperan, les lentejuelas, su hijo, su marido. La fiesta. La fiesta que no para.

Que nada detiene la rumba es algo que Maribel sabe muy bien. Durante mucho tiempo luchó contra los carnavales como si del demonio se tratara. “Yo entré en conflicto con Álvaro por la fiesta. Pertenecía a la iglesia cristiana cuadrangular y mi pastor me pidió que dejara a mi esposo. Para él el carnaval es un rito del diablo. Yo sufría mucho porque le hablaba a mi marido del demonio y él se me perdía los 4 días del carnaval”.

-Yo le decía: Qué pena, yo quiero estar contigo pero si tu no quieres caminar conmigo, te quedas. Y ella se quedaba en la cama durmiendo-contaba en la sala de su casa días antes.

Álvaro Altamar es el director del Congo Grande de Barranquilla, el cargo lo heredó de su tío en el año 2004. Desde entonces la vida de Álvaro ha sufrido una transformación. Al encontrar su verdadera vocación, al reafirmarse como un líder, encontró también el ímpetu para mejorar su vida. Su matrimonio mejoró, cambió de casa, salió a conocer el mundo. Álvaro ha desfilado en la 5ta Avenida de New York, ha estado en Tokio, Osaka y Miami. Todo ello gracias a esa dualidad que lleva dentro. “Tengo dos personalidades. Una normal, alegre pero normal. De vigilante. En cambio, en carnaval con mi grupo, soy un artista, un hacedor del carnaval”.

Cuando él asumió el control del grupo, Maribel también le dio un giro a su vida. Mujer de metas, cumplió la promesa que se hizo a sí misma. Trabajar en el norte de la ciudad en la zona de los ricos. Es la persona de confianza de la familia del “pibe” Valderrama, de la gerente general de Aviatur y de muchos nombres importantes en la nomenclatura social barranquillera. Pese a las palabras del pastor, Maribel sentía que no podía dejar a su marido: Que Dios se lo había dado por algo. Así que entre la iglesia y Álvaro, escogió el amor. Decidió unirse al enemigo. “Mi matrimonio cambió al 100%. Yo comencé a avanzar también en mi trabajo y cada vez que voy a ver a un cliente pienso en el Congo. Sigo siendo creyente en Dios pero dudo que esa cosa tan bonita, sea mala. Yo veo el mundo a través de los ojos de Álvaro. Gracias al carnaval accede a cosas que de otro modo era imposible. Cada vez que él viaja yo lo hago con él”.

La Guacherna terminó. Mientras intento bailar en una rueda de cumbia callejera del Barrio Abajo, ella ha de estar llegando a su casa. Esta es la clase de fiesta que, Maribel y Álvaro ahora disfrutan: “Nos cambiamos juntos. Vamos a la Batalla de Flores. Allí lo ayudo con el agua y la logística. Y si nos ponemos a tomar en la esquina lo hacemos pero juntos”. Pago 2500 mil pesos en una casa de familia por una cerveza Águila bien fría. No estoy en una esquina pero no puedo dejar de preguntarme, ¿qué sentirá Penélope cuando es ella quien regresa?

 

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