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El Carnaval de Barranquilla. Que Dios, o el diablo, me agarren bailando cumbia. (Parte II)

16 septiembre, 2015
Por: Ana María Khan / Fotografía: William Fernando Martínez

Barranquilla es una de las ciudades más vibrantes de Colombia. Es tierra caliente, húmeda por la cercanía del mar, con muchos colores de pieles y formas de ser. Un sitio donde se baila, se goza, se come sabroso y que, además, tiene una economía en alza. Y es el escenario de una de las fiestas más intensas de Colombia: su carnaval. A medio camino entre la majestuosidad de Río de Janeiro y con calidez de una ciudad pequeña esta es la juega perfecta

El carnaval, este carnaval, es un exorcismo. Un ritual colectivo en donde cada quien, más que ser otro, es lo que quiere ser. Lo que nunca pudo ser. Lo que jamás se atrevió a ser. Lo que no sabe qué es. Donde todos por un rato se despojan de lo que son, de lo que quieren, de sus frustraciones y se dedican por un instante, a vivir.

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After Guacherna

Pero no, no me preguntes nada

hazlo si quieres por favor

bebamos en la copa de la aurora

y esta noche pecadora

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Emborráchame de amor/Héctor Lavoe

-Aquí está prohibido el vallenato y la ranchera. Aquí solamente se oye música tropical. Salsa, son, danzón, cumbia, merengue -cuenta Robinson Albor.

En su camisa, enorme, dibujada la cara del Rey Momo del año 2000. Su cara. Han pasado los años pero él es el rey de la rumba. La diversión no para. Menos aún en Carnaval. No importa que su madre esta noche esté ingresada en terapia intensiva. Justo hoy cuando iba a ser coronada Reina del Carnaval de la Tercera Edad. Robinson no abandona su reino. Por acá ha pasado hasta el presidente Uribe con su sombrero volteado. Usa su mejor sonrisa para atender a todos los presentes.

El rancho currambero es un lugar taky. El día que Almodóvar decida hacer una película en Colombia posiblemente lo use como locación. Reúne todo el estereotipo del pueblo costeño pero de alguna manera resulta entrañable: Techo de caña, piso de cemento, coloridas sillas de plástico, floridos manteles de colores, polleras para bailar la cumbia, banderines y guirnaldas. Como detalle moderno en las paredes, gigantografías de los íconos de la modernidad colombiana. De Juan Pablo Montoya a Shakira. De Juanes a Amparo Grisales.

-Venga le voy a enseñar la colección de discos. Tenemos más de 2000 LP y cerca de mil videos de música tropical.

Atravesar el rancho es atravesar una orgía. Implica rozar, tocar, oler y sentir otros cuerpos. Es inevitable y no precisamente el menor de sus encantos. De eso se trata la fiesta, de abandonar por un instante nuestra condición de individuos y transformarnos en colectivo. No importa si sabes bailar o no. No importa tu condición social, ni tu raza. Desde la cabina del dj decido recuperar la individualidad perdida para ver con mis ojos el milagro de la fiesta en los rostros de la gente. También me conceden la fugaz visión de una reliquia: el primer, el originalísimo disco de Héctor Lavoe en solitario. La voz de 1975.

-¿Puedo pedirle una canción? –digo con la más zalamera de mis voces.

-La que usted quiera -me responden con voz tan zalamera como la mía.

-Emborráchame de amor -digo ahora con voz definitiva.

-Eso es un bolero, tendremos que esperar a que se acabe la noche -responden de manera definitiva.

-Esperaremos entonces.

Dios premia a los que esperan. Sus fieles rinden tributo a los milagros. Me bailo completica la canción. Son las cinco de la mañana.

 

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Batalla de Flores

Escenas del capítulo anterior

Negro No.1 / Brillar hasta encandilar

Vanessa cachetea a todas con sus plumas. Si Roland Barthes la viera escribiría nuevamente: “Se sabe que la vestimenta no expresa a la persona sino que la constituye; o más bien: es sabido que la persona no es otra cosa que esa imagen deseada en la que el vestido nos permite creer”. Hoy 14 de febrero de 2009 Vanessa es quien cree ser: Una reina, una ganadora, una fiestera, un mujerón.

Su vestido se parece al que más le gustó en los jolgorios cariocas. Compró revistas, buscó y buscó hasta que dio con la imagen de la modelo Luisa Brunet. Metió los recortes en su maleta y tardó nueve meses en desempacar el sueño que hizo realidad el teenager barranquillero que conoció en Sky. Una disco gay.

Desde los 16 años, José hace trajes. La vocación no se le reveló como una epifanía. Al principio sólo quería que todo fuera más fastuoso en la Comparsa Las Amazonas. “Reemplazar la lentejuela por el swarovski”. Mientras más brillas, más te ven. “Sabes que todo el mundo te está mirando y cuando te miran te sientes un rey… esa es la satisfacción del carnaval”.

Estoy a un lado de la tarima donde termina el desfile gay. Mientras Vanessa se contonea, José y yo nos buscamos. Nos llamamos. Nos encontramos. Veo su carita morena dentro del disfraz de monocuco, su nariz exacta, su cabello extrañamente rubio, su tez pretendidamente perfecta. José es un muchacho bello. No alcanzo a imaginarlo como el chico rebelde que durante los días de fiesta se encerraba en su casa. Negado a ver “a toda esa gente toda sudada”. El que yo conozco ha hecho del carnaval un oficio, una vocación, una pasión, un modo de vida.

El que conozco tiene alma destrozada como sólo se tiene a su edad. “Mi disfraz de este año se lo dedico a Ángelo Espinoza –el muchacho que te dio mi teléfono en la tienda de celulares-. Nosotros tuvimos una relación que duró los siete meses que vivimos juntos. Según dice se le acabó el amor. Terminamos hace un mes. Mi forma de despedirme es dedicarle mi vestido de muerte. Voy de luto. Él sabe que le dedico mi traje, que eso no es cualquier cosa. Cada vez que mire ese vestido negro me voy a acordar de él. Mi primer y último amor”.

 

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Negro No.2 / A donde fueras haz lo que vieras

La verdad es que los tres hombres que se bajan de la camioneta negra son guapísimos. Es una lástima, pienso, que no puedan beber, ni bailar, ni desordenarse siquiera un poquito. Para los guardaespaldas del embajador de EE.UU., William Brownfield, el carnaval ha de ser un trabajo doble.

-Permanente. El carnaval en Barranquilla es permanente -dice el embajador apenas desciende del auto.

Luego de 45 minutos de espera en el aeropuerto de Bogotá debería estar agotado. Pero no. Parece que no. Saluda efusivamente a sus anfitriones. En la entrada, los dueños del restaurante Varadero. Retorno a mi mesa, sigo al embajador. En Varadero se come bien y se oye música cubana. Mañana es la Batalla de Flores y se nota en toda la ciudad. Los carros están decorados de carnaval, las casas adornadas de carnaval, los cuerpos visten franelas, accesorios, colgantes, flores y sombreros de carnaval. Más tarde veré como, discretamente, el embajador camina hacia el baño. Al salir noto algo diferente. Su camisa no es la misma, en el pecho se puede leer: Carnaval de Barranquilla 2009. Quien lo vive es quien lo goza.

 

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La batalla

Querido Charly:

Ese día te vi a lo lejos. Con tu cara blanca, tu sombrero lleno de cintas de colores. Disfrazado de torito. Me gusta esa visión fugaz de tu persona. Lo tomé como una señal. No quise acercarme. Ni a ti ni a nadie. Y, vi de lejos a muchos. Vi a Álvaro Altamar convertido en un protagonista. Vi a José con mi disfraz de monocuco. Vi a Maribel acompañando a su esposo. Quería verlos contra ese cielo tan azul que nos hacía parecer figuritas recortadas sobre un cielo de cartulina de colores.

Ibas escoltado por una china y un rozagante Baco. Yo luchaba. Sobre todo con ese disfraz de monocuco que no es otra cosa que un batolón en raso queriendo ser un arlequín. Cuando me lo puse supuse que lo que venía era candela. Pero nunca mi querido Charly pude suponer que lo era tanto.

No soy ni rica ni poderosa. Pero a veces, como ahora, logro con éxito introducirme en la comparsa del poder. A mi alrededor, me dijeron, estaban disfrazados de monocucos algunos de los empresarios más importantes de Colombia. Famosa veo a Claudia Gurissatti, la persona con más credibilidad de la televisión local. La llaman a cada rato. A veces se esconde un poquito. Ella también tiene derecho a bailar sin freno ¿no? Aunque sea por un ratico. Está feliz bajo el sol. Si la vieras. Mientras me escondo en cuanto recodo de sombra encuentro, esa muchacha baila a 40 grados bajo el sol con cara de felicidad.

El desfile aún no comienza. Son las 12:30. Tengo calor pero soy precavida: no bebo mucha agua y menos aún cerveza. Va a estar difícil hacer pipí en medio de esta faena. En mi comparsa hay dos camiones. Desde allí suena música. Son unas cornetas enormes. ¿Quieres la verdad? Creo que me gustan mucho más las comparsas pequeñas. Esas que se acompañan con el sonido de la flauta de millo y los tambores. Han puesto muchas veces Mamaron y no sé cuantos temas de reggaeton. Quiero que se acabe cuando aún no ha comenzado.

Y comienza.

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Nos piden colocarnos de cuatro en cuatro para trazar una coreografía. Me cuesta encontrar un trío que me acepte. Pero lo encuentro. Si alguien me hubiera dicho lo que vendría, mínimo lo habría tildado de loco. Al principio intenté bailar. Caminar brincadito más bien. Pero la gente ya sabes, siempre quiere más.

-Baile que esto en Barranquilla -gritaba el público apostado en la calles.

De repente la gente empezó a gritar más. Empezó a enardecer. No entendía muy bien lo que estaba pasando. Hasta que oí una voz. Una voz que debo confesar me resultó familiar. La voz de Sergio Vargas. El merenguero, ¿recuerdas? Te dije que no sabía bailar ni merengue. Y allí estaba yo oyendo una de las voces que me confinó durante los años de mi adolescencia a quedarme sentada en una silla viendo cómo la fiesta le sucedía a otros y no a mí.

¿Sabes qué hice Charly? Me acordé de ti. Me puse a bailar. Y bailé por todas las veces que me quedé sentada. Bailé aún no sabiendo bailar. Bailé, bailé, bailé, pero aquello no terminaba. Parecía no tener fin. La Batalla de Flores es, además, un viaje sin retorno. Sin escala. Debes seguir como sea. Debes llegar al final. Si paraba, ¿cómo iba a salir? ¿Cuánto tenía que caminar hasta encontrar un taxi? Toda la ciudad estaba allí en la Vía 40.

Seguí.

Seguí con tanto ímpetu que iba entre los primeros. Supuse que para ellos todo acabaría un poco más rápido. Pero nadie atinaba a saber cuánto nos faltaba. Tomé una decisión extrema (cómo me arrepiento de no haberlo hecho antes), acepté todo trago que me daban. Creo incluso que empecé a coquetear con un chico que a cada tanto chateaba por el BlackBerry. Bebí. Bailé. Canté Sergio Vargas por todas esas veces que no lo canté.

A veces me preocupaba por el maquillaje. Con tanto sudor debió correrse el rímel.

A las cinco de la tarde llegamos al final. Estar del lado de los poderosos tiene una ventaja. Alguien siempre los está esperando para llevarlos. En el autobús seguía la fiesta. Todo el mundo quería más. A punto de desfallecer, como yo, estaban solamente el presidente de la transnacional de éxito. Alguien me extendió una mandarina. Me quité los zapatos. Mi vecino y su esposa chequearon los BlackBerry. No tardaron mucho en caer dormidos. Buscaba en la ventana algo que permitiera descubrir qué había quedado sobre el asfalto.

Horas después en la fiesta callejera donde no te encontré, oí detrás de mí una voz que le decía al Baco que te acompañaba por la tarde.

-Ana ya es de aquí. Está bailando como una local.

Pensé, es hora de irme. Había exorcizado todos los demonios.