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Farewell a Bernard Chappard, un hombre más allá del bien y del mal

8 Diciembre, 2016
Por: Ana María Khan / fotografía: Roberto Mata

El 2 de diciembre de 2016 murió en su casa de Cuernavaca, México, un hombre que siempre se encontró mas allá del bien y del mal. Fue uno de los personajes más importantes del mundo del champagne en los años setenta y supo como pocos vivir su vida a su gusto. Bernard Chappard siempre fue un gran amigo de COMPLOT magazine y queremos rendirle homenaje a su memoria con este texto que publicamos en septiembre de 2001 en nuestra edición Tercer Aniversario, De Cara al Tiempo (y la controversial fotografía que lo acompañó):

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Bernard Chappard fotografiado por Roberto Mata para la edición 15 de Complot Magazine

Bernard Chappard, el apasionado (71 años) Director de la Fundación Daniela Chappard

Con él no existían preguntas, la táctica consistía en dejarlo ha­blar. A decir verdad, no había táctica: tenerla significaba de una forma u otra intentar seducirlo, y sobre todo. permitir que me se­dujera. Esto último, por cierto, ocurrió hace ya tiempo. Adoro a Bernard. Lo admito. Me gusta su afición a provocar, su desfacha­tez, su elocuencia. Me gusta ese aire de hombre que se ha bus­cado la vida y la ha encontrado. Bernard es -y esto es una de­claración pública de admiración- un hombre que está más allá del bien y el mal. Un lugar mítico en mi limitada concepción del mundo, mi punto de llegada en lo que llaman vida. Asumido que me encanta este hombre, esto puede empezar a ser una entre­vista de verdad.

Una semana antes del 23 de enero de 1996 viviría la que fue su más grande y bella historia de amor. Tenia 65 años y la contraparte no era otra que su hija Daniela. Ella vivía sus últimos días, él de alguna forma también lo hacía pero no murió, encontró más bien en esos no tan aciagos días la que sería la nueva razón de su vida: Daniela le autorizó a contar que estaba infectada con HIV y le propuso crear una fundación contra la enfermedad. Ésa fue su bendición. Y es que un hombre viudo, a quien su única hija se le muere, pudo quedar sin referencias, Pero no. Él dijo, como siempre: “aunque el destino sea atroz sé acomodarme a él.” Se acomodó a él preguntándose: “¿Tengo tiempo para perder? No. Lo que me queda es ser útil. No por mí, ni para que me hagan un monumento, sino para ser útil. Ayudar a la gente.”

El fatum, tan olvidado, continúa jugando de forma silente con la vida de ciertas personas como la de este francés que a los veintiún años llegó a este tropical paraje después de 36 horas de vuelo, para encontrarse con el deslave del ’51, perder una male­ta y subir a Caracas en un DC3. Esa noche -la primera en Cara-un suizo compañero de viaje que vio una hermosa dama se dirigió a él mientras cenaban: “Chappard, mire esa niña tan bella, sería un buen partido para usted”. Horrorizado ante las cru­dezas experimentadas, le contestó: “Un momentico, yo no vengo aquí a casarme, vengo a trabajar y por lo que he visto, al año voy”. Pero no se fue. Lleva ya cincuenta años aquí y se casó esa mujer. Ha vivido, eso sí, por el mundo entero, Y es que señor champagne, como podría llamársele, es un jet setter. Categoría que por cierto se ganó, pues no la trajo endosada a la sangre.

“Yo soy de una pequeñísima familia burguesa. Mi mamá siem­pre me decía: “Tú como que crees que vives en un castillo”. Yo me las arreglé para tener mi castillo. Cuando llegué, esta era una sociedad bastante cerrada. Cuando llegué me encontré con esta familia Guinand/Lasserre y soy adoptado por blanco -si hubiera ­sido negro, eso no pasa-, por los ojos azules y por francés. Entonces empezó una vida divina, Porque curiosamente fue en el ambiente de la sociedad caraqueña donde encontré lo que deseaba. Todo lo ha hecho el destino y como te dije: ha sido atroz.”

Una vida mundana, eso buscaba el joven Chappard y de eso ha tenido bastante. Resumamos: creador de la Grande Dame, su apartamento en Nueva York está en el mismo edificio del de Cindy Crawford; escogió la botella de Something Special, relanzó La Veuve Cliquot en Estados Unidos; es coleccionista de arte y muy sexual. Y ése el meollo de esta entrevista: el sexo en la llamada tercera edad.

SEXO ANTIARRUGAS

En su libro Bernard traduce el texto del filósofo católico francés Jean d’Ormesson: “asevera, cuenta Bernard, que el hombre tiene tres preocupaciones: la primera el sexo, la segunda Dios y la tercera el tiempo. Y que si hacemos tanto el amor es por el tiempo. El tiempo que nos da la sensación de la brevedad de nuestra existencia en este mundo; por eso tenemos hijos, para nosotros al fin y al cabo seguir en ellos. El tiempo nos obliga también a per­demos en la inmensidad del placer sexual por su paso inevitable.

El deseo no muere, Probablemente debería tener otras ocupa-cenes, pero considero que el sector de los sentimientos, de la piel y del sexo es vital para mi equilibrio. No vivo de contarle cuentos a mis nietos porque no los tengo. Soy una especie de caso, después de haber sido padre y esposo, estoy soltero otra vez con e/ aburrimiento que eso involucra y la necesidad de arre-juntarse de vez en cuando. Creo que de cierto modo eso prolon­ga la juventud, porque no me puedo sentir como un viejo.”

Espero que el lector no se escandalice por el siguiente comen­tario. Estuve completamente de acuerdo con el fotógrafo en des­nudarlo, una foto así era una bomba atómica: no todos los días un hombre de setenta años está dispuesto a posar en calzonci­llos para una revista. Lo que no me esperaba era la tonicidad de los músculos de Bernard, ni su agilidad. El sexo de verdad pre­serva la juventud.

“El sexo en la tercera edad existe y sin Viagra. En mi casa en­tran condones pero no Viagra. Yo tengo mucha suerte, estoy sin angustias. No me preocupo tanto en pensar si me quiere, si no me quiere. Yo creo que si; pero al mismo tiempo no es lo nece­sario para mí. A los setenta años uno tiene todo el derecho a ser amante y protector.”

El amante continúa incólume pero se permite ser protector. Se permite ciertas manías, como la de dormir solo. Sabe que a los treinta eran tres o cuatro encuentros por jornada, “ahora es uno pero con tiempo. Ser amante es una especialidad, es un trabajo, es una búsqueda. Yo tuve la gran suerte, cuando llegué aquí, de conocer una tipa que vino como enfermera y que tenía un apar­tamento con muchachas en San Bernardino. La fui a ver porque me dijeron: “Chappard, usted a los veinte años no puede seguir asi”. Y entonces fui. Simpatizamos tanto que yo creo que ni tira­mos. Ella era una mujer bella, interesante y nos hicimos amigos. Fue quien me explicó cómo funciona una mujer. Hay hombres que nunca han aprendido eso. Luego tuve la gran suerte de te­ner mi primera amante… tenía novia y tenía como amante a la primera directora de Lancóme en Venezuela. Esa fue la gran suerte de mi vida: fueron mujeres quienes me enseñaron. Enton­ces cuando estoy en la cama con un ser humano, sé lo que es pasarla bien. Yo no pienso en mí solamente: siento el placer del otro, lo disfruto y por lo que he oído -y carajo que he tenido re­laciones en mi vida- la mayoría de la gente no sabe lo que es eso.”

No le pesan los setenta y un años vividos, quizá porque no ha tenido tiempo de pensar en ellos. Lo que sí sabe es que con la edad se está poniendo filosófico, empieza el desapego, se que­da uno (como me dijo una vez Isaac Chocrón) con lo esencial y algunos recuerdos y algunos apetitos.

“A la gente le da mucha rabia que yo crea que el sexo no tiene sexo. Fíjate esta historia: durante diez años tuve una amante fa­mosa, muy conocida mundialmente (se trata de Michelle Vasa­rely, nuera del célebre artista). Ella es una tipa loca, pero divina­mente loca. Yo pensaba que ella era lo peor de lo peor en la ca­ma y ella pensaba que yo era totalmente gay, pero cuando se dio lo que se dio en Maracaibo (durante la exposición de su suegro) fue una locura. Fueron diez años de locura porque fue un amor demasiado intenso. Con eso escribió un libro que vendió 40 mil ejemplares en Francia. Esta mujer a veces se quejaba de que no gozaba y gozaba como una loca, entonces le metía una graba­dora en la mesa de noche y luego hacía que la escuchara: a mi no me iba acomplejar, no.”

El sexo como escuela de vida. Como parte esencial y funda­mental de la existencia ya lo decía Valéry: lo más profundo que tiene el hombre es la piel. Eso lo sabe Bernard y por eso entien­de la problemática del sida. Sabe que no se trata de abstinencia: “matar el deseo es una maravilla porque vuelve a nacer. A veces uno dice: ya está, con este polvo estoy tranquilo por un mes. Pa­sa como con la comida: uno dice después de este almuerzo no ceno y mentira, a las nueve de la noche tienes hambre. El placer no muere nunca y eso es lo divino.”