Four Seasons Buenos Aires

Four Seasons Buenos Aires: Un paso más allá del cinco estrellas

30 agosto, 2015
Por: Ana María Khan / Fotografías: cortesía del hotel Four Seasons de Buenos Aires

En esta historia hay un peluche, un libro mítico que ya nadie encuentra, una tonelada de carne que se achica y tiene por nombre dry age. Por aquí desfila un negroni añejado en barrica, un jueves en la noche; la cristalería de San Telmo, un jeque árabe, una mansión que fue un regalo de amor, un restaurante de cristal y muchas, muchas risas

Four Seasons Buenos Aires

I Exterior / Nuestro Secreto/ Almuerzo

-Sonríe esas son las palabras de mi profesora de Pilates en el momento máximo de sufrimiento. Sonríe– le digo a F que está como la princesa de Rubén Darío: triste.

Estamos dentro de una bellísima estructura de vidrio que recuerda un invernadero. Bajo nosotras pisos de piedra rosa, tras nosotras un horno en donde la madera de vid, manzano y zarzamora se convierten en ceniza para dar calor a los platos que llegan a nuestra mesa. A nuestro lado una mansión Art Decó, frente a nosotras el imponente edificio del Hotel Four Season Buenos Aires. La vida es una mierda, de acuerdo. Pero me perdonan la siguiente frivolidad mientras esté regada con buen vino y mejor comida, todo se siente mejor. Así que, siguiendo las recomendaciones de mi clase de Pilates, le digo a mi amiga sonríe, deja de fruncir el ceño, aprieta los glúteos, coquetea con el mesonero.

O simplemente mira cómo caen las gotas en el techo de vidrio. Porque lo mejor que se puede hacer con la tristeza es convertirla en momento cinematográfico, para archivarlo luego como un momento triste pero bello.

Debajo de una estructura de cristal, mientras una pertinaz y constante lluvia otoñal cubre a Buenos Aires, en un restaurante de cuentos de hadas que permanece oculto en el jardín de Hotel Four Seasons Buenos Aires dos mujeres conversan sobre la vida. Una quiere llorar, la segunda le dice que no llore y mientras decidimos qué hacer y qué vino tomar, apostamos por los aperitivos.

Dilapidamos, como si fuera un verano caluroso, una jarra de Timba (Absolut, Melipal Malbec Rosé, pomelo rosado, hibisco, Old Spice bitters). Con él llegan tímidamente las risas. Achispada por el alcohol pienso: “Para esto sirven los 49 millones de dólares que invirtió el jeque Ali Saeed Juma Albwardy en la remodelación, para aliviar la tristeza, para que la vida sea mas bonita”.

Una ultima copa de timba y bienvenido el malbec. Aunque nuestro roto pero achispado corazón suspira por un Achaval Ferrer “Finca Altamira” 2011, nos decantamos por un delicioso pero más humilde Altos Las Hormigas Reserva Valle De Uco 2012 . Junto a él llega el paté de la casa, luego las entradas. Berenjenas ahumadas con tajine y chorizo casero (perfecto, en su punto) acompañado con morrones asados.

F sigue sonreída y apretando los glúteos. Ante la inminente llegada de los segundos platos, entre ellos unos ravioles de asado con salsa de tomate, kalamata y burrata, le cuento que desde hace años persigo un libro. Ha sido esquivo durante años. Solo lo conozco por lo que otros han escrito sobre él. Borges come en casa es una extraña mezcla de biografía, autobiografía y crónica en la que Adolfo Bioy Casares da cuenta de las comidas que sostuvo durante 40 años con Jorge Luis Borges. Divertido, chismoso, desopilate, hilarante; el libro relata una amistad. Habla de dos tipos que se reúnen para chismear, opinar, reflexionar, criticar a todo y a todos; pero, sobre todo, para abrir la boca y matarse de la risa. Nada anormal, solo que esta vez se trata de Borges y Bioy.

Imaginar a Borges diciendo cosas como la que sigue nos hacen reír a las dos: “La gente no entiende las cosas más sencillas. Los otros días dije que en Buenos Aires comemos canelones o ravioles como la cosa más natural; si en cambio nos sirven empanadas, se las comenta, etcétera. Mis oyentes creyeron: a) que no me gustaban las empanadas; b) que estaba en contra de lo argentino”.

F corta su ojo de bife de 400 gramos (lleno de sabor porque primero, antes del fuego, es cocido un tiempo al vacío) y me promete que mañana vamos a buscar ese libro por toda la ciudad y suplica que le dé mis ravioles. Ante la jugosidad de la carne, no lo pienso dos veces y cambio de platillo. Las raciones son gigantes y, después de todo, amigas que comparten la comida, engordan juntas.

En un mundo perfecto, cuando se hayan llevado los platos, justo en el último sorbo de vino, el techo corredizo de vidrio se abriría y unas gotas de lluvia mojarían nuestra cara, recordándonos que incluso en sus peores momentos, la vida vale la pena. Escondo el paraguas de F para que se moje un poco cuando salga de acá.

II Interior/Habitación/Té

Four Seasons Buenos Aires  Bano

Walter Benjamin escribió alguna vez que para encontrar una ciudad había que perderse en ella. Quizás para espantar una tristeza lo mejor sea encerrase en un hotel y perderse dentro de él. Luego de una estadía en el sauna ubicado en el Spa Cielo, F sigue rumiando su tristeza y, al subir, va directo hasta el teléfono de mi habitación y pide a mi nombre, previo drama al ama de llaves, un té.

Minutos después alguien toca la puerta. En una bandeja llegan tres tipos de té, un recipiente con palomitas de maíz caramelizadas, el agua caliente, una nota del servicio del hotel deseándonos una pronta mejoría y, la estrella del viaje: Un peluche, con cofia de enfermera y todo. F se prepara el té y se duerme abrazada a su nuevo guardián. Esto si es servicio. He visto muchas cosas en la vida, pero un hotel que le regala peluches a sus huéspedes tristes está un paso más allá del cinco estrellas.

PD: La infusión terminó habitando mi cuerpo. Se llamaba NAT 72 y consistió en Té Negro, Azahar, Naranja. Delicioso.

III Interior/Aperitivo que se convierte en…/Pony Line

Four Seasons Buenos Aires

-F, es inconcebible la vida adulta sin alcohol. ¿Cómo sobrevivir sin emborracharse?-. Le digo mientras trato, trato no acabar de un solo sorbo mi negroni añejado durante tres años en barrica de madera.

-La vida adulta significa comprender que el amor, como dirían los argentinos, es una pelotudez– me contesta.

-Entonces vamos a portarnos como si tuviéramos 11 años. Según James Matthew Barrie, el autor de Peter Pan, después de los 12 años no pasa nada interesante. Seamos niñas de 11 años con alcohol- le propongo.

-Seamos unas niñas perdidas– contesta.

Pony Line pertenece a esa nueva generación de bares de hotel que son epicentro de la vida nocturna de sus ciudades. Aquí se mezclan las chicas del Barrio Norte en plan jueves por la noche con el ejecutivo de paso alojado en el hotel.

Inspirado en un caballeriza de polo, el bar es acogedor e íntimo a la vez que propone el encuentro con extraños. La carta de cocteles, diseñada por el sommelier Sebastián Maggi es extensa, innovadora y a diferencia de los clásicos bares de hotel cinco estrellas, muy amable de precios. Hay cervezas artesanales, diferentes variedades de espumantes argentinos, versiones de clásicos como el negroni añejado o creaciones como Des Coya con Absolut, José L. Mounier Torrontés, Saint Germain, Perfume Pisco Mosto Verde. Aceitunas Verdes envueltas en Albahaca; el Patagonian Martini elaborado a partir de Absolut, Saint Germain, Calvados Pére Magloire VSOP, Poire Williams, Bitters. Zest de pomelo rosado, una versión del bloody mary llamada Queen Mary con Absolut Apio & Morrón, salsa de ostras, jugo de tomate y condimentos.

El coctel estrella de la casa son los teretes preparados con infusiones, maceraciones de hibiscus, yerba y almibares propios. Para finalizar la noche, después de unas cuantas copas, tras haber coqueteado con todo el bar –y fracasar unas cuantas veces-, bailar con la música del colectivo; decidimos ingerir uno con hierba mate para meterle antioxidantes al cuerpo (con alcohol of course) y alejar toda resaca.

Regreso a la habitación, escruto por la ventana la imponente vista a la Calle Corrientes. Me pregunto a cuántas calles estaremos de Callao y Quintana, el lugar donde Bioy Casares se enteró por un extraño de la muerte de su amigo. Allí dio sus primeros pasos “en un mundo sin Borges”. De todas las pelotudeces que en la vida adulta no se pueden deshacer está la amistad. Pienso en F y me encuentro rumbo a la cama con el peluche enfermero.

Es mío.

IV Interior/Elena/Almuerzo

Four Seasons Buenos Aires

Hace muchos años, cuando era jovencita, un señor muy famoso (se llamaba Joel Robuchon y antes del advenimiento de Ferrán Adriá, era el chef más famoso del mundo) me dijo que, cocinar para alguien, es como besarlo en la boca. Desde entonces ir a comer se ha vuelto una suerte de encuentro íntimo entre el chef y yo. Debo confesar que la razón principal para visitar Elena era los helados Dolce Morte. No tardé mucho en encontrar otros encantos, fue el primer lugar y el último que visité del hotel.

Mucho más que el palaciego salón inspirado en las viejas casas del barrio de San Telmo, es la amabilidad del personal de Elena lo que conquista mi corazón. Todos sonríen (como en mi clase de Pilates), todo es posible (según el crédito de tu tarjeta, claro está) y todos son guapos (¿será que hacen casting?). Mientras espero a F y trato de cargar mi Tablet, paseo por el local. Sé que acá hay seis millones de dólares pero nada resulta estridente. Está en las neveras en la carne dry age que va lentamente concentrando su sabor, añejándose para tener más carácter cuando llegue a nuestro plato, el dinero hace posible que una máquina de la marca holandesa Berkel, fabricada en Buenos Aires a principios de 1900 corte el fiambre que pronto me voy a comer. De los bolsillos del jeque salió el dinero que pagó estas bellísimas botellas de vidrio que la marca Palau usaba en los años sesenta y que están aquí para no desentonar con la estética del local. El dinero compra muchas cosas. Pero además de dinero, aquí hay mucho entusiasmo.

El trabajo que ha hecho Juan Gaffuri como chef ejecutivo y Nicolás Díaz Rosaenz al frente de los fogones de Elena es parte de todo ese más allá que el dinero no puede comprar. Para este restaurante han hecho un trabajo con los proveedores y cultivadores argentinos, han hurgado para producir el jamón de pato y probado mucho hasta encontrar en la provincia de Buenos Aires el queso Lincoln que se sirve acá. Ningún detalle ha sido dejado al azar. Digno homenaje que se rinde a Elena Peña Unzué, la novia que recibió La Mansión que forma parte del hotel como regalo de su esposo.

Elena, hoy en día eso que llaman un hot spot en Buenos Aires, ve desfilar por sus mesas gente como Macri o Susana Jiménez, pero más allá de eso y del dinero invertido, basta sentarse a la mesa para comprobar que esto se trata de amor. Amor a la buena mesa. Un tipo de afecto del que es imposible prescindir en la vida adulta.

Acaba de llegar F, es hora de sentarse a comer. Nosotras no seremos Borges ni Bioy Casares, pero sabemos que en torno a un buen condumio se sacan las mejores conclusiones sobre la vida.

Four Seasons Buenos Aires  Terraza

 

Four Seasons Hotel Buenos Aires