fredi-casco-por Beto-Gutierrez

Fredi Casco: «La fotografía de América Latina es una de las más intensas y provocadoras que hay en el mundo».

2 septiembre, 2015
Por: Texto: Juan Peraza Guerrero / Fotos: Beto Gutiérrez

Nació en Paraguay en 1967. Su trayectoria es de amplio espectro. Es fotógrafo, poeta, editor y gestor cultural; es fundador del festival paraguayo de fotografía El ojo salvaje; editor de la destacada revista de fotografía latinoamericana Sueño de la razón. Como documentalista, ha realizado dos proyectos para la Fundación Cartier para el Arte Contemporáneo, Revuelta(s) y Memorias vivas. Reunidos en Buenos Aires, repasamos algunos puntos álgidos de su carrera.

 Has entrevistado a personajes que podrían intimidar un poco: Patti Smith, Nan Goldin, David Lynch. ¿Tienes algún truco o As bajo la manga al momento de iniciar la conversación?

Yo creo que la clave para sobrevivir al encuentro con personas así es no pensar en eso. Pensar, sí, que además de ser artistas importantes, admirados, más que nada son personas. El sistema del arte fetichiza mucho a las personas, y esa gente está cansada.

¿Cómo se dio el enlace con la Fundación Cartier?

Mi relación con la Fundación Cartier comenzó a partir de una invitación a participar en una exposición colectiva que se llamó: América Latina 1960-2013: fotografías. La muestra trabajaba la relación de la fotografía con el texto, el cruce transversal de la imagen con otras prácticas como la escritura.

Tú tienes una relación estrecha con la palabra.

Antes de hacer imágenes, yo trabaja con palabras. Muchos de mis trabajos están cruzados o por la escritura o por la cuestión literaria. Entonces, a mí me pareció que yo calzaba perfecto en el proyecto de la muestra en París. La Fundación vio también el otro perfil que yo tenía, como editor, como curador independiente, que conocía un poco la escena fotográfica latinoamericana, sobre todo por Sueño de la razón y por el festival El Ojo Salvaje, de Paraguay. Ellos pensaron que podía encargarme de hacer una serie de entrevistas a los artistas que participarían en esa exposición.

El documental comenzó como un proyecto muy simple. Yo viajaría por toda América Latina con una pequeña cámara. Pero después pensé: “No. Esto tiene que ser algo más grande”. Y como yo no tenía experiencia en cine documental, hablé con Renate Costa, una muy buena cineasta, paraguaya, y la invité a producir el proyecto en co-autoría. A ella le encantó la idea. Revuelta(s) es ese primer documental. Fue un viaje de Sur a Norte. Empezó en Argentina y terminó en Cuba y México.

 Luego de Revuelta(s), ¿cómo nace la idea del segundo documental, Memorias vivas?

La gente de la Fundación esperaba un video sencillo. Pero cuando vieron el proyecto, se dieron cuenta del alcance que podía tener y le dieron un espacio grande en la exposición. En ese momento, ellos estaban organizando la siguiente exhibición, que iba a estar dedicada a los 30 años de la institución, y para la que iban a sacar toda su colección e iban a hacer contactos con toda la gente que trabajó con ellos durante esos años. Yo estaba ahí, tenía buena onda. Les había gustado mi trabajo; me propusieron hacerlo de nuevo.

BG: Una parte importante de tu trabajo aborda la cuestión del documento y el archivo…

Trabajar con documentos me genera un placer inmenso. Si con el documental sólo hubiéramos logrado hacer un relevamiento de los testimonios, yo ya habría estado contento. Lo demás fue darle un lenguaje cinematográfico, es decir, trabajar el documento desde el arte. En Memorias Vivas, se trabajó mucho más el material crudo de los documentos audiovisuales. El trabajo con los diversos formatos, desde el cine 16 milímetros, el video VHS de los ochenta, el Betacam, en distintos estados también, fue lo que más me gustó: el goce de la textura videográfica, cinematográfica. Yo creo que así se expresó mi interés de siempre de trabajar físicamente con los documentos.

 ¿Quieres seguir explorando el formato documental?

Yo no subestimo mi capacidad de olvido. Puedo aprender una técnica o un lenguaje muy bien y después olvidarlos completamente. Yo acepté este proyecto como un desafío y como un trabajo. No sé si me interesa convertirme en un cineasta o documentalista.

Quizás no te interesa tanto el asunto del medio.

Me interesa la imagen más que los medios con que se producen las imágenes.

Sin embargo, una parte de tu interés se concentra en la fotografía. Hace un rato, mencionaste, por ejemplo, el proyecto de El Ojo Salvaje. Al respecto, quería preguntarte sobre la escena fotográfica paraguaya. ¿Podrías hablarme de cómo era y cómo es ahora, de los desplazamientos que ha experimentado?

Paraguay tiene una escena cultural muy pequeña en comparación con casi todos los países de América Latina. En las décadas de los ochenta y noventa, esa escena estaba centrada en la producción de fotografía documental, muy ligada al fotoperiodismo. Poco a poco, se armó algo distinto que, eventualmente, derivó en el proyecto del Mes de la fotografía en Paraguay, que es El Ojo Salvaje.
Me llama mucho la atención ese nombre: El Ojo Salvaje. Me preguntaba de dónde viene, qué es lo que ve ese ojo, por qué es salvaje.

Tal vez porque vivimos en una sociedad atrapada en un capitalismo salvaje. En cualquier caso, yo creo que El Ojo Salvaje permitió abrir la escena fotográfica paraguaya hacia afuera. Comenzó casi como un festival internacional. Abre la escena de la fotografía paraguaya al mundo, y también se recibe gente de afuera.

 ¿Y cómo crees que el mundo recibió la fotografía paraguaya?

Lo que se generó de manera más interesante fue un interés en el festival desde afuera. Nosotros trabajamos mucho para recibir a los invitados y ofrecerles unas buenas salas de exposición y una estrecha conexión con la escena local. Eso se fue comunicando por toda América Latina. Casi inmediatamente, el festival formó parte de una red de iniciativas alrededor de la fotografía. Y me parece que, en todos estos años, han aparecido nuevas generaciones de fotógrafos que ya no están atomizados en pequeños guetos. El paisaje es más amplio ahora.

 Quisiera que conversáramos sobre el amplio espectro que tiene tu trabajo. No sólo eres un reconocido gestor cultural y editor, sino también fotógrafo, audiovisualista, poeta, etc. ¿Qué trasvases se dan entre todas estas actividades?

Tal vez esto tenga que ver con esa particularidad de vivir en Paraguay, donde no hay buenas universidades ni institutos de arte. En mi época, al momento de elegir una carrera universitaria, si se tenía sensibilidad hacia la literatura o la filosofía, se estudiaba Derecho, y si era hacia el arte, Arquitectura. Ésa es mi generación, y la anterior también. Y creo que eso nos dio versatilidad. No me siento cómodo ubicándome en un solo lugar. Por otro lado, yo a veces no me explico cómo siendo tan perezoso hago tantas cosas. No me gusta trabajar mucho; de hecho, no trabajo mucho. Sin embargo, las cosas aparecen ahí.

Como decías antes: el interés está en la imagen.

¡Claro! Yo soy un observador crítico de la realidad. Hay cosas que me molestan y las expreso de diversas maneras.

 Con respecto a las cosas que te molestan…

No sé si es que me molestan. No es la palabra, molestan.

BG: Te punzan.

¡Eso! ¡Me punzan! Si nos referimos al triple registro del que habla el psicoanálisis: lo real, lo simbólico y lo imaginario, podemos decir que buena parte del arte contemporáneo está inquietado por lo que no puede ser simbolizado. Eso es algo que a mí siempre me interesó, y encontré maneras de trabajarlo desde el arte.

 Hablando de esas punciones y de lo que no puede ser simbolizado, te pregunto ahora sobre el video “Chaco fantasma”. ¿Cómo describirías el Chaco y la visión onírica o alucinatoria que existe sobre la región?

El Chaco paraguayo es un inmenso intersticio que está entre Paraguay y Bolivia, una inmensa frontera que ocupa más de la mitad del territorio paraguayo. El Chaco fue escenario de una de las guerras más crueles y estúpidas de la historia de Latinoamérica: dos de los países más pobres de la región enfrentados por un territorio que no conocían. Después de eso, el territorio siguió siendo una alteridad, como un alter-Paraguay, que no tenemos del todo simbolizado. Y justamente por eso es que me pareció interesante verlo a través de esa veladura que es el video y la fotografía.

Como conocedor de la fotografía latinoamericana, ¿qué interacciones detectas entre ésta y los itinerarios dictados por los centros hegemónicos?

  Mostrar a un campesino llevando agua como imagen de América Latina es una manera muy pobre de entender la identidad. Es precisamente lo que los centros hegemónicos plantean como posibilidad de comprender la región. Yo creo que buena parte de la práctica fotográfica pretende desmontar todo esto de manera crítica y subvertir el orden. Yo diría que la fotografía de América Latina es una de las más intensas y provocadoras que hay en el mundo.

fredi-casco-por-beto-gutierrez