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Inhotim, el Jardín de las Delicias queda en Brasil

1 Septiembre, 2015
Por: Texto y Fotos: Beto Gutiérrez

Con más de 80 esculturas diseminadas a lo largo de 140 hectáreas entre el verde esmeralda de las montañas de Minais Gerais, Inhotim no es solo el mayor museo del mundo al aire libre, sino un enorme jardín botánico que es fruto de la pasión por el arte del millonario brasileño Bernardo Paz.

Invención del color de Hélio Oiticica, 1977

A finales del siglo XV se instaló en Europa la fiebre exploradora que cristalizó el encuentro entre dos mundos. El 22 de abril de 1500, el navegante portugués Pedro Alvares Cabral y su flota arribó a una parte exuberante del territorio americano que luego sería llamada Brasil. A miles de kilómetros, por la misma fecha, el pintor holandés Hieronymus Bosch (El Bosco) realizaba una de las pinturas más fascinantes y atrayentes de la historia del arte occidental: “El jardín de las delicias”, magistral alegoría de la creación del mundo donde conviven, en una orgía de colores y placeres, plantas, animales, arquitectura y humanos.

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Beam Drop IInhotim, 2008 de Chris Burden

Más de 500 años después, y gracias al empresario y coleccionista Bernardo de Mello Paz, el paraíso imaginado por El Bosco se materializó en un lugar: Inhotim, uno de los más grandes museos de arte contemporáneo al aire libre del mundo. En lo particular, desde que supe de la existencia de este Disney World del arte contemporáneo, fantaseé con la posibilidad de visitarlo. La experiencia fue, sin duda, memorable.

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Troca-Troca, 2002 de Jarbas Lopes

Emplazado en Brumadinho, a unos 70 kilómetros de Belo Horizonte en el estado brasileño de Minas Gerais, al Centro de Arte Contemporáneo Inhotim puede accederse de distintos modos. Opté por el autobús. Luego del recorrido de una hora desde la estación central de Belo Horizonte, llegué a la entrada del jardín de 140 hectáreas, referencia del arte mundial en América del Sur. Esperando para comprar mi entrada (unos 13 dólares), escuché más idiomas que los que podía reconocer. Y es que el lugar recibe 300 mil visitantes cada año. Ese día, como un aventurero de siglos anteriores, mi exploración comenzó con un mapa, en el que distintos senderos se entretejían en un territorio desconocido.

No hay una manera correcta de recorrer Inhotim, pero algo es seguro: un solo día no es suficiente. Ésa sería una recomendación básica. Luego de posponer mi regreso a Buenos Aires, pude volver por un segundo round. Los números demuestran las dimensiones del lugar: 22 pabellones, más de 500 obras de notables artistas brasileños e internacionales de la talla de Hélio Oiticica o Matthew Barney, 4.500 especies vegetales, incluyendo 1.300 tipos de palmas, 1.000 empleados y unos gastos de mantenimiento de 10 millones de dólares al año.

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Desert Park, 2010 de Domique Gonzalez Foerster

Algunas obras permiten ampliar estas magnitudes. Con “Lanzamiento de viga Inhotim”, Chris Burden dejó una honda huella en el espacio. Repitiendo una experiencia anterior, el artista estadounidense arrojó una gran cantidad de enormes vigas desde una altura considerable dentro de una piscina de concreto. Se trata de un performance en el que la gravedad y el azar dan lugar a una crispada escultura cuyo color se mezcla con el del parque.

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Galpon de Miller & Cardiff, 2009

Si la propuesta anterior se trepa a las alturas, la de Doug Aitken alcanza las profundidades. En 2009, el también estadounidense creó “Pabellón sonoro”, una instalación que gravita alrededor de un agujero de 202 metros en el que el artista ubicó micrófonos de alta sensibilidad que amplifican el sonido de las placas tectónicas. El resultado es un susurro telúrico que, pese a ser, en efecto, terrenal, provoca una experiencia casi mística.

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Sonic Pavilion, 2009 de Doug Aitken.

La canadiense Janet Cardiff también ofrece una instalación sonora. “Motete de 40 partes” (2001) consiste en la deconstrucción de una pieza coral renacentista, en la que cada voz es proyectada desde cornetas distintas, mezclándose en vivo en el espacio expositivo. En esta obra el espectador adquiere una importancia fundamental, puesto que es su desplazamiento por el pabellón lo que le permite restituir experiencias auditivas particulares. El sonido deviene espacio y viceversa.

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Piscina, 2009 de Jorge Macchi

De algún modo, lo anterior se repite en todo Inhotim. Cada visitante tiene la oportunidad de reconstruirlo como lo desee. El mapa es una invitación a la aventura, a transitar espacios que a veces parecen museos, pero también parques o locaciones de una película de ciencia ficción. En pleno corazón de Brasil, arquitectura, arte y botánica se funden en un jardín de delicias contemporáneas que invita a la contemplación y el esparcimiento.

www.inhotim.org.br