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La Patagonia: El fin del mundo es un lugar (II Parte)

2 septiembre, 2015
Por: Ana María Khan / Fotografías: Carlos Miller y Jaime Borquez

Un recorrido por los hielos de la Patagonia chilena a bordo de un crucero de lujo, el Skorpios. Luego de asomarse a los fiordos chilenos,ver  glaciares, Condores, focas, hielos y ñandús. Ana María Khan continua su exploración por la negra noche del sur acompañada por  silencio,mucho pisco. 

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VI

Beber para recordar y comer para olvidar era una de las sentencias favoritas de Pepe Carvalho, el detective insignia del escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán. En este barco todo es abundante. Y algunos padecemos los excesos de la noche anterior. “Skorpios, donde los limites lo pones tú”, bien podría ser el eslogan del barco. En todo caso, me abrigo, me pongo una capa tras otra y voy a desayunar. Llego al comedor y miro agradecida las tortas de Doña Mimí, ellas reparan mi cuerpo, le hacen olvidar otros excesos. Comer para olvidar. Tomo un té, me pongo los guantes. Hora de partir.

Hoy descendemos del barco, nos montamos en pequeños botes directo al glacial. Vamos poco a poco acercándonos al Pio XI. Es inútil definir con palabras la impresión de enfrentarse al glacial más grande del hemisferio sur. Tal vez las cifras den algunas pistas: 64 kilómetros de largo, seis kilómetros de ancho, 70 metros de altura y 1.263 kilómetros cuadrados de hielo. Es decir, las dimensiones de la ciudad de Santiago. Es, además, peculiar: se niega morir. Mientras las mayoría de las masas de hielo de desprenden lentamente, este coloso le gana al mar diez kilómetros al año.

Para tener una idea exacta de lo que se trata, en 1926 un tal Finn Samsing decidió ponerse a criar ovejas por estos lares. El comerciante y armador noruego había llegado un año antes, construyó cabañas, establos e instalaciones para ovejas, vacas y caballos en el fiordo Eyre. El terreno era un relleno que se enfrentaba al Pio XI. Un año le duro el sueño.

Tres veces me monté en el bote que me acercó al hielo, ese mismo que acabó con el sueño del pastor noruego en menos de un año. Falta poco para el almuerzo.

VII

Los destinos de ciertos hombres son curiosos y cómo se mezclan también. En 23 de julio de 1831 el capitán Robert FritRoy, al servicio de su majestad, se embarcó en un viaje que lo llevaría a recorrer lo más austral del territorio americano. A bordo iba un joven teólogo con estudios de medicina que años más tarde cambiaría las nociones de todos con la publicación de un libro llamado El origen de las especies. A bordo, también, Jemmy Button regresaba a su tierra.

Button, se dice, debe su nombre al precio que pagó el capitán FritRoy por él: un botón. En total, cuantro indios Yemanás fueron llevados en 1830 al imperio británico con el genuino fin de civilizarlos. Los educaron, los vistieron, los pasearon por la corte inglesa y, tiempo después, los devolvieron a su hogar: La Tierra del Fuego. Iban apertrechados de provisiones para ser voceros de la civilización occidental en su tierra. Tenían juegos de té, abrigos, guantes, mesas, todo lo necesario para ser considerados ciudadanos del mundo. Pero el experimento no funcionó. Años después, el fracaso de la empresa quedó evidenciado en un insólito juicio que ocurrió en 1869 en las Malvinas. Button fue acusado de liderar una matanza en contra de misioneros ingleses.

Algunos británicos, of course, sostienen que todo ocurrió porque se enojó con los mezquinos regalos de los misioneros. Silvia Iparraguirre lo cuenta de otro modo. En su libro La tierra del fuego da cuenta de la incomprensión humana, de la extrañeza e irrespeto ante todo lo distinto, ante el otro. En una novela de ritmo trepidante y absoluto rigor histórico que narra un drama feroz: el encuentro entre dos culturas. Y la imposibilidad de sobrevivencia de una ellas. Eso pienso, cuando de nuevo estoy en la noche oscura que se cierne sobre la cubierta. La noche oscura sin rastro de lo humano. En la oscurísima noche del sur, hoy no hay Cruz del Sur y hace apenas unos instantes dejamos el único reducto humano de los campo de hielo. En Puerto Edén hay una escuela donde apenas van 20 niños, quedan sólo nueve kawaskar de pura cepa (indígenas de la zona). En medio de toda esta naturaleza imponente e implacable, de un modo u otro sigue ocurriendo el drama feroz que narra Iparraguirre.

Eso pienso y sin embargo, bajo y levanto mi copa, brindo y ceno. La vida sigue del mismo modo inexorable en que avanza el glacial Pío XI. Al final de la cena, tomo la copa, subo a cubierta y recuerdo el libro: “Pero plantado aquí, en este hemisferio, al borde del estrecho, si el hombre alzara su cara al cielo, podría ver la legendaria belleza de la Cruz del Sur, joya inapreciable de los navegantes del norte, y luego, si el hombre abriera los brazos en actitud mimética con la constelación que ha mirado, si los abre en toda su anchura, su mano señalaría la embocadura del estrecho por el que tanto penaron los asustados y perdidos españoles, las costas a las que Pigaffeta nombró como la tierra de los fuegos, por la cadena de fogatas de los habitantes que avisaban el paso a los extraños”. ¿Dije que la noche era oscura? Hora de bajar al bar a charlar.

VIII

Mañana se acaba todo. Se acaba el viaje. Mi amigo Juanito, el camarero, me dice que hoy vamos al paseo más lindo de todos. Al menos su favorito.

-Hoy vamos al campo de oración –me dice solemne.

-¿Campo de oración? –repito un poco más pagana.

-Navegaremos por el fiordo Calvo y allí, entre los seis glaciales que vamos a ver, hay un momento en que apagan los motores del bote. Allí es tan bonito que algunos pasajeros se ponen a rezar.

Con esos antecedentes, me devuelvo al camarote para llevar una mantita de pelo de camello. El viaje dura tres horas. Tres horas estaremos a bordo del Don Constantino. Todos los pasajeros van.

Aquí estamos, en un bote con calefacción, paseando por el fiordo, viendo focas a lo lejos, divisando cóndores. A mi lado está mi mejor amigo del viaje, Marcos, el niño de ocho años. Lleva a Chilly Willy, el mini pingüino de peluche que lo acompaña a todos lados y que, cada vez que me paro de la calefacción, resguarda mi lugar. Esto es lo que llaman contacto de lujo con la naturaleza. Veo pedazos de hielo deslizarse a centímetros de mí, puedo oler el bosque, mido con mi vista los tres metros de envergadura del cóndor. Miro asombrada cómo el agua es un espejo perfecto de las montañas. Miro cómo el bote rompe ese espejo.

Pero el paseo no es bucólico y aunque se apaguen los motores y esto sea, sin duda, el mejor campo de oración que he visto en mi vida, aquí estamos de fiesta. Marcos se hizo de un cuenco con maní y patatas fritas y me indica que es hora de sentarme con él. Juanito me ofrece uno de los varios escoses que hay a bordo. “Es hora de probar un verdadero whiskey en las rocas”, me dice. Todos los tragos que se prueban en Skorpios llevan hielo de glacial. Quiero creer, como los exploradores decimonónicos que la fuente de la eterna juventud está por estos lados. A lo mejor un poco de ella vino a dar a mi vaso. Marcos, mientras tanto, elige entre el jugo de durazno o el de mango. Algunos pasajeros tienen mucho frío.

IX

Mañana es el último día. El último paseo: la caminata glacial. El Bernal está en retirada, sus hielos vuelven a la montaña y permite la entrada de intrusos en sus dominios. Descendemos del barco en botes pequeños y arribamos a ese mundo extraño que es el lecho glacial. Los pequeños pozos de agua son como los del Caribe: azules. Llueve y hace viento. El camino es fácil pero la tierra se hunde un poco. Sigo la ruta que trazan los otros. Y de repente, sin notarlo, está ahí bajo mis pies: es hielo.

Estoy sobre el él. Hace un minuto era tierra que parecía ceniza y ahora es agua congelada por miles y miles de años que se derrite lentamente, separa sus moléculas y se hace al mar. Levanto la mirada y veo la enorme pared de hielo que me cobija. Vuelvo a la tierra y me siento junto a los otros. Nos echamos. Pasamos un rato mirando el paisaje. Todos lo sabemos: estar aquí es un extraño privilegio. Las cámaras, como siempre se disputan un recuerdo. En algún momento deja de llover, sale el sol y para nuestra sorpresa –como si Judy Garland o los Ositos cariñositos fueran los patronos del viaje– aparece un arco iris. Más fotos. Tomo el último bote.

Llego al barco, entro al camarote, me cambio de ropa. Chequeo el Ipod, tiene un poco de batería. Subo a cubierta. No hay nadie. Me pongo los audífonos. Me siento en lo más alto que encuentro y veo lo que dejo atrás. Algo ha de quedar en el camino. Y de repente asistida, por fin, de un adminículo tecnológico entendí: Sabía que estaba en el fin del mundo. Pero lo más sorprendente de todo era que seguía estando en el mundo, al cabo de todo ese tiempo, en algún punto inferior del mapa. El paisaje tenía una expresión adusta, pero no podía negar que poseía rasgos legibles y que yo existía en él. Eso constituyó un descubrimiento: su aspecto.

Pensé: “El fin del mundo es un lugar”. Eso es del viaje expreso a la Patagonía de Theroux. En ese momento ya se le habían acabado los trenes. Yo pensaba qué me iba a poner para el baile del Capitán.

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Skorpios

Agradecimientos: Aura Marina Hernández, Carlos Miller, Juan Manuel Pérez.