Lanzarote: 8 pistas para conocer la isla de los volcanes

20 mayo, 2016
Por: Ana Khan

La isla Lanzarote es una reserva de la biósfera de la Unesco, y es la mas oriental de las Islas Canarias, que a ratos se parece a la Luna. La terquedad de las cosas vivas se hace evidente cuando en medio de la roca volcánica, surgen pequeños muros que protegen viñedos que insisten en crecer a pesar del viento. No se parece al Mediterráneo, ni al Caribe, ni al continente africano. Las playas de la isla Lanzarote son de las más codiciadas por los europeos

La morena/ Famara/ Cosas que amar

Lo bueno del mundo es que está lleno de cosas que vamos a amar, pero todavía no lo sabemos. Ahora mismo alguna de ellas están por revelarse. Tal vez sus contornos estén dibujados por cosas que odio. La realidad, a veces es así, se empeña en definirse a través de contrastes.

Son casi las dos de la tarde. Dormí toda la mañana. Pasé doce horas dentro de la cabina de tres aviones, caminé por cuatro aeropuertos diferentes y esperé equis cantidad de tiempo en cada uno de ellos. Aunque mi casa está a 6.093 kilómetros de distancia, tuve que recorrer 8.993 kilómetros para llegar hasta aquí. Pitágoras, siento decírtelo: aunque la línea recta es el modo más directo de ir de un lugar a otro, casi nadie la utiliza. Nos pasamos la vida dibujando curvas o caminando en zigzag.

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La carreta que me trajo a la playa de Famara en sus últimos kilómetros es una línea recta. Bordea durante un rato al mar y al final parece querer estrellarse contra un impresionante risco que puede alcanzar en su punto más alto hasta 670 metros sobre el nivel del mar. A sus pies está la playa. Una orilla de seis kilómetros desde los que es posible divisa La Graciosa, una isla pequeñita que actúa como satélite de este extraño lugar llamado Lanzarote, la isla de los volcanes.

Atrás quedaron esas montañas que alguna vez escupieron fuego y que dan fama a este fragmento del Archipiélago de las Islas Canarias. Ahora mismo, el gran protagonista es un travieso Océano Atlántico que apenas si ha encontrado obstáculos en su camino a esta playa habitada por surfistas. Los miro, mojo mis pies en el agua, está fría. Tan fría como se puede estar tras recorrer miles de kilómetros desde costas americanas. A mis espaldas está el continente africano. Estoy en el mero medio del mundo, que puede parecer el mero medio de la nada. Tengo hambre, tras casi un día entero de vuelo y una mañana de sueño podría comerme una tabla de surf.

 

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La Caleta de Famara es un pueblecito batido por los vientos alisios. Mi falda vuela como si el frenesí de un amante desesperado intentará alejarla de mi cuerpo. Esta mezcla de elementos: la fuerza del mar, la pared de piedra contra la que rebota la luz del sol, el aire enloquecido, grandes espacios vacíos en los que la presencia de lo humano es apenas una circunstancia, es la esencia de Lanzarote. Un lugar que se ama o se odia. Y lo amaré. Pero, ahora, me apremia una sensación más urgente que el amor, el hambre.

Suele suceder que la gente deja lo mejor para el final. Cerrar con broche de oro, esa frase tan cliché, suele ser una filosofía de viaje. A mí me gusta empezar desde arriba, desde el inicio. Porque nunca sabes cuándo te caes de las Peñas del Chache (así se llama el risco) o te lleva un camión por delante, como a Penélope Cruz en “Los abrazos rotos”, la película que Pedro Almodóvar se empeñó en filmar por estas tierras.

La ultima casa de La Cala de Famara es El Risco, para muchos el mejor restaurante de la isla. Es capaz de seducir desde la primera mirada en internet, con esa facha de lugar donde te va a encontrar el destino. Entre sus paredes puede suceder el primer encuentro de una comedia romántica, entrar el disparo del francotirador de un film de misterio o el cambio de identidades entre dos espías. Sus amplios ventanales poseen una espléndida vista hacia el risco y la playa, y dejan intuir la presencia de la isla La Graciosa.

Sé lo que voy a pedir. Pero debo esperar, el local está lleno. Me distraigo con los aperitivos. Un Campari enorme que me sirve un calvo riguroso, que recomendará para el almuerzo un achispado malvasía local, seco, como las rocas volcánicas. El alcohol es una suerte de aceite para el espíritu. He practicado meditación, yoga, he dejado de hablar y sigo creyendo que el alcohol es la vía más rápida para ubicarte en el aquí y el ahora. Cuando llega el segundo Campari me encuentro a mis anchas.

Abro la carta y ahí está, la morena. Un viaje puede ser un proyecto literario. Otra forma de hacer tuyas palabras ajenas, de sacarlas del libro y de tu mente para convertirlas en hechos.

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 Las Hespérides eran unas ninfas frutales que cuidaban el jardín de la colérica esposa de Zeus, Hera. Allí estaban sus manzanas de oro. El lugar, también protegido por un dragón, es donde el escritor italiano Antonio Tabucchi fue, hace muchos años, a buscar ballenas.

El hogar de las Hespérides ha sido ubicado en algún punto donde el Atlántico deja de ser Europa y se convierte en África. Ahí era mi destino, pero, por un maravilloso azar del destino no estoy falando portugués, sino español en las Islas Canarias. Aun así quiero rendirle un homenaje a Tabucchi.

En “Dama de Porto Pim” alguien salía en las noches a cazar esta rabiosa serpiente marina llamada morena. “Las morenas se pescan de noche, con luna creciente, y para llamarlas se usaba una canción sin palabras”.

Decido transformar las páginas en sabor. El calvo trae esa carne que ha sido congelada, luego rebanada para flotar en aceite caliente para convertirse en masa crujiente que llega a mi boca. Es puro gusto untando mi lengua y sonido chocando mis dientes.

El mundo está lleno de cosas que no sabes que vas a amar. Sirven para olvidar las otras, las que no amaste, las que nunca podrás, las que no te gustan, las que odias, las que dejaste de amar. Incluso un chicharrón de serpiente de mar sirve sobre todo para volver a amar.

Mar/ El Golfo/ La belleza de lo violento

La superficie que piso es el resultado de la violenta batalla que se ha dado al interior del planeta Tierra para llegar a ser como es. Primero debió separarse ese gran continente primigenio llamado Pangea. Romperse para dar cobijo en su cicatriz a esta enorme masa de agua llamada Océano Atlántico… Pero, aunque el agua lo cubría todo, abajo el fuego y la tierra seguían luchando. Lanzarote no es más que lava sin aflorar de aquel desgarramiento. Un volcán que emergió del mar o más bien un conjunto de ellos.

El sur de la isla de uno de los lugares más hermosamente violentos en los que se puede estar. A ratos te descubres caminando en los ribetes del cráter de un volcán. En su interior hay una extraña laguna verde que contrasta contra el negro de la arena volcánica. El Charco de los Clicos es un lugar raro. No hay nada humano en él y sin embargo ejerce fascinación en nosotros. De sus aguas emergió una joven y curvilínea Rachel Welch en ese clásico del cine camp llamado “One Million Years B.C”. Allí también ocurre una de las escenas clave de “Los abrazos rotos”.

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Al lado opuesto de la laguna verde está El Golfo, un pueblo bastante rústico, pero hermoso, que está bordeado por restos de lava. Esa piedra negra dibuja una de las caminatas más encantadoras que he hecho en mi vida. Contra la filosa orilla choca, tras haber recorrido miles de kilómetros, un cristalino Atlántico, que invade con un azul turquesa la oscura superficie. Son tres planos de color: negro, azul y blanco, de la espuma de las olas al romperse. De mi lado, sobre la piedra negra, la vida insiste en aparecer. Pájaros van y vienen, plantas rastreras acarician el suelo, a sabiendas de que si crecen el viento las va a aplastar. Los humanos vamos por aquí y por allá, como lentejuelas de colores sobre terciopelo negro.

Una cervecita en el pueblo, un pescado, una copa de vino. Todo bajo la luz de un país templado, con el clima de un lugar subtropical. El clima en Lanzarote es una dicha. Nunca desciende a menos de 14 grados centígrados, ni sube a más de 29C. Pero, entre el sol y la brisa se encargan de llevarlo todo a un punto perfecto. Es febrero, estamos a 21 grados centígrados y el cuerpo parece haber encontrado la felicidad desnuda de las cosas. Pura piel acariciada por el viento, sobre la que se posa algo de la sal del mar.

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Subimos al carro. Seguimos paseando.

Es el turno de los hervideros del agua. Es fácil reconocerlos. Desde lejos se ve cómo rompen las olas sobre los brazos de magma que llegaron al mar. La fuerza que traen las aguas les permiten cubrirlo todo, aprovechando además los agujeros y cavidades en la roca. El océano se convierte en sonido, en bruma que rebota contra el aire. Los hervideros son, y con razón, uno de los lugares preferidos de la isla. Una catedral de magma invadida por el azul turquesa del mar. Sin embargo, este no es un paisaje de Dios. Este es un paraje tremendamente humano, nos recuerda cuánta violencia ha sido necesaria para formarse la vida.

Los vinos/ La Gería/ La terquedad de las cosas vivas

En Lanzarote conviven múltiples escenarios. El insoportable pueblo turístico en Bahía del Carmen, las playas de arenas blancas, las orillas de piedras, las de arena negra, los apacibles pueblos costeros, los turistas insolados con los ciclistas en fase de entrenamientos para el Ironman, los molinos de viento en El Risco, los campos de margaritas, los desiertos de lava.

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Entre uno y otro, sin embargo, siempre aparecen extrañas formaciones hechas de rocas. A veces son círculos, otras líneas rectas. Se repiten una y mil veces como los insistentes afanes de un maniaco. Dentro de cada una de esas construcciones hechas en la roca negra de origen volcánico habita una vid. Solo la tenacidad y la terquedad humana (las ganas de emborracharse no conocen límites) pueden trabarse en esta lucha.

 

Pero, en estos suelos de lava, en los que casi no llueve, a pesar de los fuertes vientos marinos ocurre un prodigio: la malvasía. Una cepa de uva que encontró en Lanzarote su hogar. Extraordinarios vinos blancos se producen en la isla y todo tiene como epicentro la zona de La Gería. Un lugar que produce en quien lo visita la hipnótica fascinación de los fractales. Las vides son pequeñas, como minúsculas mariposas verdes, las ves aquí y allá, empeñadas en vivir, aunque todo a su alrededor les diga que no. Esa terquedad es lo que nos emparenta a todos los seres vivos.

El volcán/ Parque Nacional Timanfaya/ Retratar la nada

No hay manera de evadirlo. Aunque lo intentes, tendrás de todos modos que hacer la cola junto con todos los turistas, subir al autobús con aire acondicionado y escuchar en varios idiomas la explicación. Y sí, debes hacerlo. Vale la pena. No huyas pensando en el lugar común de ser turista. En el Parque Nacional Timanfaya lo común no existe.

Este ha de ser, junto con el desierto de Atacama, las estepas de hielo de Groenlandia, la cima de un Tepuy y el salar de Uyuni, entre otros, uno de los lugares más raros del mundo. Un lugar de otro mundo más bien.

timanfaya

“El primero de septiembre (de 1730) entre las nueve y las diez de la noche, la tierra se abrió de pronto cerca de Timanfaya a dos leguas de Yaiza. En la primera noche una enorme montaña se elevó del seno de la tierra y del ápice se escapaban llamas que continuaron ardiendo durante 19 días”. Andrés Lorenzo Curbelo, cura de Yaiza en 1730.

La erupción cesó el 16 de abril de 1736, pero en ese momento un tercio de la isla estaba cubierta por lava y doce pueblos habían sido borrados de la faz de la tierra. Situado en la región de las Montañas de Fuego, al oeste de la isla de Lanzarote, el Timanfaya es el extraño paisaje que dejó aquel suceso. Aproximadamente 200 km² de silencio y desolación, apenas surcados por dos autobuses que van de aquí para allá trayendo turistas empeñados en sacar una foto de la nada.

Los jameos del agua/ Punta Mujeres/Entender el paisaje

Lanzarote no se parece a nada. La culpa, la comparten el paisaje y un combatiente en el ejército franquista que al volver a casa quemó su uniforme de soldado y nunca más habló de ello. Para entender Lanzarote es necesario hablar de César Manrique, un hombre capaz de imponer su visión de mundo, al punto de convencer a todos sus paisanos de que no debían derribar las casas tradicionales para construir altos edificios, garajes de aluminio o cualquier otra aberración que interviniera el paisaje. Convenció a toda la isla de mantener a rajatabla las ventanas de madera verde marinero y los techos a dos aguas. Para él era necesario que todo ello conviviera de una manera armónica con la naturaleza. Quería demostrar que para él: “Era el lugar más bello de la Tierra y me di cuenta de que si ellos eran capaces de ver la isla a través de mis ojos, entonces pensarían igual que yo. Desde entonces me propuse mostrar la belleza de Lanzarote al mundo”.

Y lo logró. Pintor, escultor, agitador y promotor cultural, lo suyo es una visión holística de la arquitectura, que aprovecha las divagaciones de la naturaleza para insertar al hombre en el paisaje. Sus edificaciones simplemente están inscritas en el lugar, sin perturbarlo. Su principal atributo radica en llevarnos a vivir la naturaleza en todo su esplendor.

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Lanzarote está lleno de sus obras. El Mirador del Rio en el Risco de Famara es una simple construcción de piedra, madera y vidrio, desde cuyo exterior se pueden ver las costas del sur de Marruecos, el archipiélago Chinijo (formado por las islas Alegranza, La Graciosa y Montaña Clara). Dentro es un espectáculo de luz, de azul, un juego de tragaluces y lámparas, un sitio para contemplar en compañía.

Sin embargo, su obra definitiva son los Jameos del Agua. Desde la carretera solo vez rocas cubiertas de una vegetación verde limón que contrasta con el azul del mar. Nadie sospecha que debajo hay un intrincado complejo de túneles llamados Jameos.

Los Jameos son burbujas de aire que quedaron en la lava. Son un desnivel del terreno, habitaciones de piedra en las que Manrique construyó un impresionante complejo cultural en el que bailar, beber, bañarse en la piscina, escuchar música, ver arte y pasear es posible.

Si algo puede definir la obra de este nativo de la isla Lanzarote es la alegría de estar vivo. La felicidad de sentir el sol, de respirar la brisa marina, de encontrar cobijo en la sombra y de refrescarse en el agua. Desde su perspectiva es imposible no amar esta isla.