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Viaje al Taj Mahal, conociendo La India con el corazón

27 septiembre, 2015
Por: Leonardo Dávalos Tamayo / fotografías: Mark Tomaras

Si vas a la India debes prepararte emocionalmente porque el viaje cambiará tu vida. Te ayudará a encontrarte contigo mismo, tu verdadero yo, tal como me confesó personalmente Ricky Martin en una entrevista hace algunos años. No existe nada más emocionante en el mundo que visitar una de las siete maravillas del mundo moderno el Taj Mahal, el monumento al amor eterno. Ya lo dijo antes Antoine de Saint Exúpery: “Solamente se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos”.

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En el camino a Agra

 

El autopullman que nos lleva a Agra, se va alejando de Nueva Dehli mientras entramos en los inmensos suburbios. Como no quiero perder detalle del viaje, me siento en uno de los puestos delanteros del bus con vista panorámica para filmar y fotografiar todo. Desde allí puedo empezar a entender las verdaderas dimensiones de la ciudad, la segunda más poblada de la India con casi 22 millones de habitantes en su gran área metropolitana. Se ven muchos más hombres que mujeres en las calles, se calcula que en la India existen 50 millones más de hombres que mujeres.

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Multitudes en el camino a Agra

Ya entrado el camino comienza la verdadera película mientras que nosotros parecemos trasladarnos dentro de una pequeña burbuja que viaja a través de un océano, con olas de personas que pasan alrededor de nosotros en todas las direcciones. Entre cientos de miles de camiones, tractores, autobuses, tuk tuks, bicicletas, motocicletas, caballos, camellos, carretas, burros, mulas, elefantes, y todo cuánto pueda servir como medio de transporte para desplazar a la multitud que se encuentra en nuestro camino y por todas las vías cercanas. En las motos van hasta siete personas, en los buses decenas, en los carros, los tuk tuks son diez, veinte, personas, todo en el camino parece desbordarse. Es impactante. El color explota y se multiplica en cada sari. El escandaloso ruido de las bocinas rebota en cada vehículo que siempre parecen estar a punto de colisionar. Entre frenazos y exclamaciones, siento a cada instante que el conductor atropellará o chocará con alguien en la vía. Es un camino de choque cultural, toneladas de basura acumulada en cada esquina, junto a niños desnudos jugando a un lado de las montañas de desecho, zamuros y halcones sobrevolando la escena, personas bañándose en el agua sucia empantanada, otros preparando comida, empanadas, ventas de mangos, bananas, papayas, mientras vacas y bueyes caminan sueltas por todas partes, monos, toros, cabras, chivos, ovejas, camellos, caballos, mulas, burros, perros. Un circo, un zoológico callejero salvaje. De pronto, de la nada en el camino aparece frente a nosotros un hermoso pavo real que se estrella en la ventana atropellado por nuestro conductor, en medio de gritos de horror. Un escalofriante silencio invade nuestros rostros.

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Vendedores ambulantes en la carretera

Es un camino intenso, colorido, brutal, lleno de espantoso realismo, y de belleza a la vez. Cada segundo de las seis horas que dura el trayecto viajamos entre sobresaltos y emociones encontradas. Un camino que marea: frenazos y arranques violentos, los fuertes olores de comida especiada mezclada con el sudor del personal indio que nos acompaña. Un olor penetrante de especies, picante y sudor. Un camino donde la miseria hace su pasarela triunfal. El bus se detiene por gasolina, un niño de siete años con una cobra en sus manos sube junto a un grupo de vendedores ambulantes. El bus retoma la marcha y el camino con demasiada gente, colores, calor, ruido, olores, tráfico continúa. Un camino que va exaltando los sentidos.

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El camino al Taj Mahal

Sin embargo, no es nada de esto lo que logra erizar mi piel a cada instante, es la actitud no violenta de la gente. Su envidiable paz y tranquilidad. Siento que desde el fondo de esta miseria, el alma de esta gente se eleva muy por encima de todo ese caos, ese algo maravilloso que vuela, salta, me toca y transforma todo dentro de mí en ese mismo camino. En cada rostro de la multitud que nos observa, saluda desde las calles, los tuk tuks, autobuses, bicicletas, motos, caballos, camellos o elefantes, descubrimos y encontramos algo difícil de encontrar: Amor y felicidad.

¿Cómo pueden ser tan felices si no tienen nada? Si son tan sencillos. Y entonces recuerdo al poeta indio Rabindranath Tagore: “Es tan simple ser feliz, pero es tan difícil ser simple”. Quizás ellos conocen bien este secreto.

Con esta reflexión y una llovizna que refresca el ambiente, finalmente llegamos a nuestro palacio en Agra. El Oberoi Amarvillas, es un oasis de lujo en un desierto de miseria. Decenas de empleados ataviados con lujo imperial nos reciben con decenas de sombrillas y paraguas. El lujo está en los detalles. Delicadas toallas perfumadas para refrescarnos, bebidas y manjares nos dan la bienvenida.

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Entrada del Hotel Oberoi Amarvillas en Agra

Subo a la habitación, dónde me recibe una espectacular terraza con vista a los hermosos jardines, piscina y fuentes del hotel. Pero más allá, en el horizonte cercano, frente a mi, como si lo pudiera alcanzar con las manos, se asoma el hermosísimo Taj Mahal. Es demasiado grande mi emoción después de ese camino, llegar a este maravilloso aposento con vista a una de las Siete Maravillas del Mundo. Respiro profundamente, no puedo creer que todo este lujo coexista entre tanta miseria.

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Piscina del Oberoi Amarvillas

Me toca la ducha con boca cerrada, cepillado con agua mineral advertido por un cartel del hotel. Bajo para disfrutar una cena de lujo con auténticos sabores de la India. La noche cae y todos necesitamos descansar unas pocas horas antes de ir al Taj Mahal. En mi sueño se alternan las imágenes como en un película: transitan los elefantes, los monos, los halcones, los camellos, las vacas, el pavo real que vuela hacia nosotros, las bocinas, los sari de colores, los olores, los turbantes, la cobra y el niño, los frenazos, los rostros de felicidad, la basura, las frutas, las empanadas, el agua sucia de la calle en dónde se baña la gente. Me despierto sudando frío. No me siento bien. Son las cinco de la mañana, tomo una ducha con la boca cerrada, y bajo para salir al Taj Mahal. Vamos en rickshaw por dos cuadras hasta la puerta del muro del impresionante monumento, donde nos espera un guía.

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Peregrinas en el Taj Mahal

La historia del Taj Mahal en las palabras del guía, me va erizando la piel, es asombroso, ya la conocía, la he leído cien veces, la he escuchado de boca de otros, pero nada se compara con escucharla mientras el hermoso mausoleo se devela en persona, entre la bruma de aquel amanecer. ¿Se pueden imaginar amanecer en este lugar? ¡Extraordinario! Sencillamente una escena sobrecogedora. Caminamos entre monos, ardillas y mangostas dentro de los jardines, mientras contemplamos hechizados por la belleza, la perfecta simetría del emplazamiento y los maravillosos detalles de la construcción de este sublime monumento. Admiración sublime que me hace levitar, siento como si todo flotara conmigo. Pienso por un instante si será el efecto de las pastillas que tomé para dormir o acaso la fuerte emoción que produce esa presencia infinita, ese homenaje al amor universal, al amor eterno tallado en mármol blanco incrustado con piedras preciosas, y que originalmente tenía cúpulas de oro que fueron robadas durante el Imperio Británico.

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Turistas en el Taj Mahal

Vuelvo a tomar mil fotos. Con cada una creo poder capturar el alma de la India. Pero su alma no quedará en las fotos, sino dentro de mí. Y dentro de todos los que pueden ver más allá del horizonte de la miseria o del lujo que nos rodea. Pienso en el personaje de Siddharta, la novela de Herman Hess, quien -junto a su amigo Govinda- recorre el camino de la vida buscando la iluminación espiritual. Siento que justo en este instante estoy más cerca de ella y de la sencillez a la que Tagore se refiere.

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La fachada del Taj Mahal

Repentinamente siento miles de gotas que danzan sobre mí, pero esta vez no es solamente lluvia, son lágrimas, que como el rocío, bañan de magia todo el ambiente. Entonces me doy cuenta: yo también estoy llorando. Así de simple, así de sencillo. Me permito por un momento sentir esa felicidad. Descubro allí parado frente al Taj Mahal que está en mí el continuar siendo feliz en tiempo presente, viviendo el ahora. No debemos postergar jamás la felicidad para mañana.

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El piso del Taj Mahal

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Dentro del Taj Mahal