En Miami, dos exposiciones en el Lowe Art Museum proponen mirar el arte cubano desde los nombres, rostros y memorias que durante décadas quedaron fuera del relato oficial.
Durante mucho tiempo, la historia del arte cubano se contó desde una versión parcial. Algunos nombres entraron al canon. Otros quedaron en los márgenes. No necesariamente por falta de talento, sino porque la historia —como casi siempre ocurre— también fue escrita desde el poder, la raza y la memoria.


Ahora, el Lowe Art Museum presenta dos exposiciones que revisan esa narrativa desde otro lugar: uno más humano, más incómodo y también más completo. Y hacerlo en Miami no parece casual. Pocas ciudades entienden mejor que esta lo que significa reconstruir identidades fragmentadas, memorias desplazadas y relatos culturales atravesados por el exilio, la herencia y el tiempo.
Las muestras El Pasado Mio / My Own Past: Afrodescendant Contributions to Cuban Art y Afrocubanismo: Highlights from the Ramón and Nercys Cernuda Collection reúnen más de 100 obras creadas entre 1822 y 2022 por artistas cubanos de distintas generaciones. Pero más allá de su dimensión histórica, ambas exposiciones funcionan como una conversación sobre quiénes fueron visibles dentro de la historia del arte cubano… y quiénes quedaron fuera de ella.
La primera, organizada originalmente por el Afro-Latin American Research Institute de Harvard University y expandida ahora en Miami con préstamos de colecciones privadas locales, rescata artistas afrodescendientes que durante décadas fueron minimizados, olvidados o directamente excluidos del relato oficial. No se trata únicamente de recuperar nombres, sino de reconstruir una genealogía cultural distinta, donde figuras históricas y contemporáneas dialogan desde una presencia que siempre existió, aunque muchas veces permaneciera invisibilizada.
Allí aparecen obras de Wifredo Lam, Manuel Mendive, María Magdalena Campos-Pons, Roberto Diago y otros artistas que ayudan a entender hasta qué punto las raíces africanas no son un capítulo secundario dentro de la cultura cubana, sino una parte esencial de su identidad visual, espiritual y emocional.


Pero quizás lo más interesante es que la exposición no intenta simplificar la conversación. La muestra paralela, Afrocubanismo, explora precisamente las contradicciones de aquel movimiento cultural surgido entre los años treinta y cuarenta, cuando muchos artistas cubanos —en su mayoría racializados como blancos— comenzaron a incorporar elementos afrodescendientes dentro de sus obras.
En algunos casos, esa mirada fue vista como una celebración genuina de las raíces africanas de Cuba. En otros, como una apropiación distante, observada desde afuera. Y es justamente en esa tensión donde ambas exposiciones encuentran profundidad. Porque más que ofrecer respuestas definitivas, parecen abrir espacio para reconsiderar cómo se construyen las identidades culturales y quién tiene derecho a representarlas.
Hay algo particularmente poderoso en recorrer estas salas en 2026. No solo por la relevancia histórica de las obras, sino porque muchas de las conversaciones que atraviesan estas exposiciones —raza, memoria, representación, pertenencia— siguen completamente vigentes hoy.
Quizás por eso estas muestras se sienten menos como una revisión del pasado y más como una conversación pendiente.
Una conversación sobre Cuba, sobre el arte y también sobre la manera en que las sociedades deciden qué historias conservar… y cuáles dejar en silencio.




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