Una sala llena es una buena manera de comenzar una temporada. Miami City Ballet abrió la temporada 2026–2027 el viernes 16 de octubre con American Rhythms, en el Adrienne Arsht Center. El programa permitía reconocer a la compañía y, al mismo tiempo, empezar a descubrir hacia dónde quiere llevarla Gonzalo García. Al frente de la dirección artística desde agosto de 2025, García presenta ahora su primera temporada íntegramente programada: una oportunidad para que sus ideas adquieran cuerpo, música y movimiento.
La convocatoria resultaba alentadora también por lo que veníamos observando fuera del teatro: una comunicación que invita a acercarse, despierta curiosidad y presenta el ballet como una experiencia capaz de interesar a públicos diversos. Esa noche, las butacas ocupadas ofrecían una imagen concreta de la conexión que la compañía busca cultivar con la ciudad.
Sobre el escenario, tres obras trazaban un recorrido con acentos distintos. Balanchine aportaba una raíz esencial en la identidad del Miami City Ballet; Robbins, la vitalidad urbana de Nueva York; y Patricia Delgado y Emily Estefan, una mirada al Miami contemporáneo desde la música, la memoria familiar y su propia experiencia como creadoras.

Allegro Brillante: la raíz de Balanchine
Abrir con Allegro Brillante tenía sentido en una compañía cuya relación con George Balanchine forma parte de su historia y de su manera de bailar. Creada en 1956 sobre el Concierto para piano n.º 3 de Tchaikovsky, la pieza condensa velocidad, musicalidad y exigencia técnica en una estructura de luminosa claridad.
Dawn Atkins y Stanislav Olshanskyi encabezaron una interpretación bella y segura, acompañados al piano por Francisco Rennó. Había placer en la precisión, en las líneas y en esa relación entre música y movimiento que permite disfrutar el lenguaje clásico sin necesidad de una historia que lo explique.
Fue una apertura que situó a la compañía en terreno conocido y dejó ver la solidez desde la cual podía aventurarse después hacia otras sensibilidades. En una noche de estrenos y nuevas colaboraciones, Balanchine seguía ocupando un lugar fundamental.


Opus Jazz: Robbins con vestuario de GapStudio
Después llegó N.Y. Export: Opus Jazz, y la temperatura cambió.
Alegre, sexy, emocionante: la obra de Jerome Robbins fue, para nosotros, el gran momento de la noche. Tiene esa capacidad de provocar una reacción física inmediata, de hacer que el espectador empiece a seguir el ritmo en su asiento y termine pensando que también quisiera estar allí, bailando.
Creada en 1958 con música de Robert Prince y presentada por primera vez por Miami City Ballet, conserva el pulso de un Nueva York joven, lleno de encuentros, actitudes y complicidades. El jazz atraviesa los cuerpos y las relaciones del grupo; cada intérprete tiene personalidad, pero el conjunto sostiene una energía compartida.
Ver a los bailarines en ropa de calle, con Keds ellas y Converse ellos, producía una cercanía especial. Se percibían felices dentro de la pieza, entregados a una manera de moverse que les permitía mostrar otra faceta de su presencia escénica. La sensualidad y la desenvoltura parecían surgir con naturalidad. El virtuosismo estaba allí, integrado en el disfrute.
El nuevo vestuario de Zac Posen para GapStudio contribuía a esa impresión. En el primer rediseño autorizado del vestuario escénico original, Posen imaginó cómo podrían vestirse hoy aquellos jóvenes de Robbins. Denim, camisetas y pantalones de apariencia cotidiana fueron adaptados para las exigencias de la danza, preservando la individualidad de los intérpretes y la sensación de un grupo de amigos que se reúne para bailar.
La colaboración encontraba así una afinidad entre la ropa y la coreografía. Aunque la pieza nos transportaba al Nueva York de los cincuenta y sesenta, sus personajes resultaban próximos. Casi siete décadas después de su creación, Opus Jazz seguía transmitiendo el entusiasmo de la juventud con una frescura contagiosa.


Patricia Delgado y Emily Estefan: el Miami contemporáneo
Tras el intermedio, Push the Buttons of the Civilized cambió nuevamente el registro. El estreno mundial de Patricia Delgado, con música de Emily Estefan, llevó al escenario una colaboración profundamente vinculada con Miami.
Ambas crecieron en la ciudad, en familias marcadas por la emigración cubana, y llegaron a este encuentro desde trayectorias diferentes. Para Delgado significaba además regresar como coreógrafa a la compañía donde se formó y desarrolló buena parte de su carrera.
En una entrevista con Pointe, Delgado explicó que buscaba una energía de concierto, combinando el vocabulario clásico con influencias del baile social latino y afrocaribeño. La grabación de una canción de cuna interpretada por la abuela de Emily fue uno de los puntos de partida: la llevó a pensar en los padres que dejaron Cuba con hijos pequeños y en las vidas que debieron construir después. Esa memoria alimentó las figuras familiares de una obra que describe como profundamente personal.
Hannah Fischer y Cameron Catazaro asumieron los papeles de la matriarca y el patriarca, mientras Taylor Naturkas y Lazaro Corrales encarnaron a la hija y al personaje disruptor. La presencia de Estefan en escena, cantando y tocando distintos instrumentos, fue decisiva en nuestra experiencia: aportaba una energía diferente, una relación inmediata entre quien produce la música y los cuerpos que responden a ella.
La propuesta abría un espacio interesante para que la compañía hablara desde su propia ciudad. Un Miami contemporáneo donde la memoria de otras generaciones convive con nuevas formas de expresión, y donde una colaboración entre disciplinas puede encontrar terreno fértil.
American Rhythms permitió ver la amplitud que García quiere explorar y la disposición de sus bailarines para habitar mundos distintos. Pero al salir del teatro, nuestra memoria regresaba a Robbins: a la alegría, a la sensualidad, a esos intérpretes que parecían disfrutar cada encuentro. Entre las promesas de una temporada que comienza, quedaba una certeza muy sencilla: aquella noche nos habían dado ganas de bailar.








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