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Cristóbal Undurraga y Aluvia: vinos desde el origen

31 marzo, 2026
Por: Leonardo Dávalos / fotografías cortesía Aluvia

La conversación con Cristóbal “Toti” Undurraga fluye con mucha naturalidad. Es una de esas personas que ya sabes de antemano que te va a caer bien, es sencillo, transparente, y apasionado. En nuestra mesa se puede sentir a la distancia que el vino está presente, pero en realidad no lo ocupa todo. Conversamos de la industria, de personas en común, de decisiones, de momentos. Y, casi inevitablemente, volvemos una y otra vez al mismo punto: el lugar. No como concepto, sino como origen real.

Nos encontramos con «el Toti», como dirían los chilenos, en Miami para almorzar y probar tres vinos de Aluvia —Chardonnay, Cabernet Franc y Malbec—, su proyecto dentro del grupo Santa Rita. Más que una línea, Aluvia funciona como una declaración de principios: entender el vino como una consecuencia directa del paisaje. Undurraga no llega a esta idea desde la teoría. Su trayectoria internacional le ha dado una mirada amplia, pero también una certeza: cada lugar exige su propia interpretación. Y en su caso, ese lugar tiene nombre: Gualtallary.

Hay algo en su relación con el vino que no parece aprendido, sino natural. Como si hubiera estado ahí desde siempre. Crecer en una de las familias más influyentes del mundo del vino chileno hacía casi inevitable que ese universo formara parte de su vida, pero su recorrido tomó otro camino. Mientras muchos heredan el negocio, él eligió ir al origen: la enología, la creación, el contacto directo con el viñedo y la bodega. No la gestión, sino la materia. No la estructura, sino el proceso.

Para eso, decidió salir. Viajar, trabajar, entender cómo se hace vino en otras latitudes. Francia, Estados Unidos, Australia, Argentina, Chile. En el camino, nombres como Château Margaux, Franciscan Estate o Rosemount fueron parte de su formación, no como credenciales, sino como experiencias que terminaron de moldear su manera de mirar el vino. Y en esa acumulación —más vivida que académica— se empieza a entender todo lo demás.

Ubicado en el Valle de Uco, en Mendoza, Argentina, este terroir de altura —con suelos pobres, piedra aluvial y depósitos calcáreos, días frescos y noches frías— no se traduce aquí en potencia, sino en precisión. Eso se siente desde el primer vino. El Chardonnay 2022 se aleja claramente del imaginario clásico —ni francés ni californiano—. Es más fresco, más cítrico, más directo. Tiene una textura interesante, construida entre barrica usada y crianza en huevo de concreto, pero lo que domina es la tensión. Un Chardonnay que no busca imponerse, sino mantenerse en equilibrio.

El Cabernet Franc 2022 sigue esa línea: elegante, con fruta roja y especias bien integradas, taninos firmes pero sin dureza. Es un vino contemporáneo, medido, donde todo parece en su lugar. Y el Malbec 2022 —quizás el más expuesto a expectativas— sorprende por su perfil más mineral. Notas calcáreas, estructura definida, final largo y limpio. Aquí no hay exuberancia, sino intención. Los tres comparten algo evidente: no están construidos para gustar inmediatamente, sino para expresar con claridad de dónde vienen.

Esa misma lógica se extiende a cómo produce. Las cantidades son limitadas —15.000 botellas de Chardonnay, 20.000 de Cabernet Franc y 25.000 de Malbec—, con cupos asignados por cliente. No es una estrategia de marketing, sino una forma de mantener control y coherencia. También aparece su interés por prácticas biodinámicas y, en particular, por el calendario astronómico. Puede sonar new age, pero para Toti Undurraga es una herramienta real, algo que aplica en el viñedo como parte de una observación más amplia del entorno. No hay rigidez en su discurso, sino convicción.

En medio de una industria que atraviesa un momento incierto, su lectura es clara: el ajuste ya está ocurriendo. El consumidor va a beber menos, pero mejor. No es una crisis, sino una transición. Y ahí, nuevamente, vuelve al mismo punto que atraviesa toda la conversación: el vino como resultado de un lugar específico. No como estilo, no como tendencia, sino como traducción.

Hablando con Undurraga, queda la sensación de que su trabajo no consiste tanto en hacer vino, sino en afinar una relación. Entre el suelo, el clima, el tiempo… y la decisión de intervenir lo justo. Porque, al final, lo que realmente le interesa no es el vino en sí. Es todo lo que ocurre antes. Y por qué no decirlo, su impacto en lo que sucede después.