Taste-the-difference-Doma

Cuando la diferencia se entiende en la mesa

13 mayo, 2026
Por: Pedro Maal / foto: Leonardo Dávalos

Hay campañas que funcionan en papel. Y otras que solo empiezan a tener sentido cuando se viven.

Taste the Difference”, una iniciativa impulsada por el sector vinícola europeo con el respaldo de la Unión Europea, busca poner el foco en vinos que responden a un origen definido. No como concepto técnico, sino como una forma de entender el vino desde su procedencia.

En nuestro caso, ese enfoque se concentró en Italia.

Detrás están denominaciones como PDO y PGI —sistemas que intentan preservar una relación directa entre territorio, producción y resultado. En teoría, una idea clara. La pregunta era si realmente se podía sentir en la mesa.

La mesa

En una cena reciente en Doma, la propuesta dejó de ser ese discurso teórico para convertirse en algo más concreto.

El formato —platos al centro, ritmo compartido— ya marcó una intención: esto no iba de degustar en silencio, sino de construir una experiencia en conjunto.

Todo comenzó con un Alta Langa Brut DOCG de Marchese Dalmasso, preciso, vibrante y con una burbuja fina que abría la noche sin imponerse.

A la mesa llegaron pequeñas capas de sabor: focaccia recién horneada, prosciutto di Parma, ricotta montada con trufa negra, alcachofas fritas y berenjena a la parmigiana. Platos pensados más para circular que para detenerse.

Más adelante, los blancos empezaron a marcar la dirección.

El Rivolì Pinot Grigio de Roeno era limpio y preciso, pero con una textura más amplia de lo que uno espera normalmente de un Pinot Grigio.

Luego vino Manna, de Franz Haas, con otra profundidad: más amplio, más complejo, es un vino que obliga a bajar un poco el ritmo. La diferencia empezaba a insinuarse, pero aún no era evidente.

Las personas

Fue en ese punto donde la noche cambió.

A medida que los vinos iban llegando a la mesa, representantes y productores intervenían brevemente para hablar de cada etiqueta, explicando regiones, estilos y enfoques. Pero lo más interesante ocurría fuera de esa estructura.

Por coincidencia, frente a nosotros estaba sentada Maribel Bedoya, brand ambassador de Enovation Brands, representando a Tenuta Le Forconate. La conversación derivó naturalmente hacia el branding, la manera en que el vino se comunica hoy y cómo ciertas etiquetas intentan encontrar espacio dentro de una ciudad como Miami.

A mi lado estaba también Alessandro Guerini de Montelvini. Al saber que parte de mi familia es del Veneto, la conversación derivó rápidamente hacia el territorio, las diferencias entre Asolo y Valdobbiadene y esa forma tan italiana de hablar del vino desde el lugar al que pertenece.

Más adelante, ya entre platos y copas, conocimos también a Carloalberto Furia, de Famiglia Furia, quien hablaba de sus vinos desde un lugar cercano, sin discurso.

El formato de la cena —family style, como suele llamarse en Miami— hizo que la experiencia fuera inevitablemente compartida. Los platos circulaban constantemente por la mesa, obligando a una interacción que, en otros contextos, podría sentirse forzada.

Pero esa noche ocurrió lo contrario. Entre vinos, explicaciones y comentarios que iban cruzando la mesa, la distancia inicial empezó a desaparecer casi sin darse cuenta.

En ese momento, la cena dejó de ser una secuencia de platos. Y empezó a ser otra cosa.

Donde aparece la diferencia

Los platos principales llegaron sin rigidez.

Un sedanini al datterino que mantenía la mesa todavía en un registro cálido y compartido.
Luego, un filete con demi-glace al porto y un salmón con notas cítricas. Vegetales trabajados con precisión, pero sin exceso.

Y con ellos, los vinos que terminaron de definir la noche.

El Squinsi Bianco de Famiglia Furia —con notas de frutas tropicales y flores blancas, abierto e inmediato, pero también controlado— introdujo un registro distinto, más emocional, más directo.

Luego apareció Tìcche, de Tenuta Le Fornacette: más oscuro, más estructurado, con notas de cereza madura y un final apenas tostado que acompañaba esa parte de la cena donde la conversación inevitablemente baja un poco el volumen.

Le siguió el Giustino B. de Ruggeri que lleva el prosecco hacia un registro más aromático y expansivo, aunque todavía sostenido por una elegancia muy precisa.

Después llegó el Asolo Prosecco Superiore Brut Millesimato de Montelvini, más preciso y vertical, con una energía más contenida y una acidez que tensa el vino sin volverlo rígido.

Ahí apareció algo que no se explica fácilmente: una diferencia que no dependía de intensidad, sino de enfoque.

Lo que vino después

El cierre llegó con un gelato de pistacho y el Cartizze de Mionetto.

Más amplio y sedoso, con esa sensación ligeramente celebratoria que solo ciertos proseccos logran sostener sin perder elegancia.

No como contraste, sino como extensión natural de todo lo anterior.

Lo que queda

La idea de “Taste the Difference” no se entendió en el concepto. Se entendió en la progresión. En cómo cada vino parecía responder a una decisión, a un lugar, a una intención.

Días después, en Vinexpo Americas, esa misma idea reapareció. Las personas eran las mismas. Los vinos también.

Pero el contexto había cambiado. Y con él, la manera de entenderlos.