En una feria como Vinexpo Americas —de origen europeo, de escala contenida y con un enfoque claramente curatorial— hay algo que no siempre es evidente a primera vista.
El vino no está necesariamente en la copa. Está en quién lo sirve.
Este año, entre decenas de etiquetas, hubo una coincidencia inesperada: en varios de los vinos que probamos, terminamos hablando directamente con alguien de la familia que los crea. Y eso cambia todo.
Cuando las historias se cruzan
Dentro del espacio dedicado a Mendoza, donde varias bodegas compartían un mismo stand, nos acercamos inicialmente por el Vivi Rosé.
Ahí fue donde comenzó el encuentro con Vivi Catena, en el contexto de Ricominciare.
La conversación surgió de forma natural. Le comenté que mi familia paterna -Dávalos Isasmendi- también tiene una larga tradición en el vino en Argentina. El tatarabuelo de mi padre, Nicolás de Isasmendi, fundó en 1831 la bodega Colomé, y mencioné a mi primo Raúl Dávalos, hoy al frente de Bodega Tacuil. Lo interesante fue que ella lo conocía a él y a sus vinos.
En ese momento, Le escribí por WhatsApp. La respuesta llegó de inmediato: un cálido saludo para Vivi. Fue un intercambio breve, sin mayor ceremonia, pero suficiente para cambiar el tono de la conversación.
Probamos el Vivi Rosé 2025 —el vino que nos había llevado hasta allí—, fresco, directo, pensado más para abrir que para explicar. Luego vino el Codice 2021, con otra intención: más estructurado, más profundo, un vino que se queda un poco más en el paladar y en la idea.
Continuidad y afinidad
En el espacio dedicado a los rosés de Provenza, nos detuvimos a saludar a un conocido. Estaba conversando con Olivier Fayard, de Château Sainte Marguerite, y fue él quien hizo la presentación.
La escena fue simple. Olivier, sin interrumpir demasiado la conversación, le indicó a la persona del stand que nos sirviera su vino.
Probamos el Fantastique Rosé, preciso, contenido, sin caer en lo decorativo. La conversación siguió con naturalidad, sin esa distancia que a veces rodea a las maisons de Provenza. Antes de despedirnos, dejó una frase breve:—cuando estén por Provenza, vengan a visitarnos.
Cuando el apellido se vuelve persona
En el stand de Mouton Cadet, la conversación comenzó frente a las botellas. Vimos tres nombres propios: Nathan, Mathilde y Pierre. De los dos primeros ya teníamos referencia. Incluso le mostramos un artículo de Complot donde estaban incluidos. La tercera botella, en cambio, no la conocíamos.
Al comentarlo, la respuesta fue inmediata:—“Yo soy Pierre.”
Pierre Sereys de Rothschild estaba presentando Mouton Cadet x Pierre, un vino profundamente ligado a su propia generación y a una forma más relajada y contemporánea de entender Bordeaux.
También probamos Baronesa P, de Baron Philippe de Rothschild desde Chile, un vino más contenido, más lineal, que parecía moverse en otra dirección: menos gesto, más precisión.
El intercambio fue breve, casi casual. Pero suficiente para cambiar la lectura de todo. Durante unos segundos, el apellido Rothschild dejó de sentirse como institución y se volvió algo mucho más cercano.
Lo que se dice en casa
Con Carloalberto Furia, de Famiglia Furia, el vínculo venía de la noche anterior. Ya no era un descubrimiento, sino un reencuentro.
Probamos Squinsi Bianco, un vino cuyo nombre —nos contó— era como su abuela llamaba a su hermana. En copa, aparecen notas de frutas tropicales —maracuyá, mango, piña— junto a flores blancas, pero sin caer en lo dulce. Hay algo abierto, inmediato, pero a la vez contenido.
Ese tipo de detalles no se construyen. Existen.
El territorio como conversación
Con Montelvini, la conversación con Alessandro Guerini había comenzado días antes, durante una cena en Doma.
En Vinexpo, el tema reapareció naturalmente. Ya habíamos hablado sobre el Veneto, el origen familiar de Pedro y las diferencias entre Asolo y Valdobbiadene —las dos denominaciones DOCG más altas del prosecco— no como quien define una clasificación, sino como quien habla de casa.
Que uno es más amplio, más reconocido. Y que el otro —más pequeño, más contenido— suele ofrecer una expresión más precisa.
Ahora, en el contexto de la feria, esa conversación adquiría otra dimensión. Probamos el Asolo Prosecco Collezione Serenitatis, y la sensación era distinta: menos descubrimiento, más reconocimiento.
Lo que queda
Curiosamente, en varios de estos encuentros, el primer vino no fue el más importante. Ese cumplía otra función: abrir la conversación. Los que vinieron después —más precisos, más estructurados— terminaron de darle sentido.
En un momento donde el vino corre el riesgo de volverse superficie, estos encuentros recuerdan algo esencial: La experiencia no está en la botella. Está en las personas que la sostienen.







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