La Riviera silenciosa vuelve a despertar

11 mayo, 2026
Por: Pedro Maal / imágenes cortesía Chapitre Six

Cada año, antes de que el verano tome oficialmente la Riviera francesa, existe un momento más silencioso. La luz comienza a quedarse un poco más tiempo sobre el Mediterráneo, las terrazas vuelven a abrirse lentamente y la Costa Azul recupera esa elegancia relajada que durante décadas atrajo a artistas, escritores, cineastas y viajeros en busca de otra forma de vivir el verano.

Esta temporada, dos hoteles reabren sus puertas recordando precisamente esa otra manera de entender el Mediterráneo: Hôtel La Ponche, en Saint-Tropez, y Cap d’Antibes Beach Hotel, dos propiedades del grupo Chapitre Six que parecen dialogar entre sí desde extremos distintos de la Riviera.

Uno mira hacia la memoria del viejo Saint-Tropez. El otro hacia la luz abierta de Cap d’Antibes. Ambos comparten una misma idea: la sofisticación más difícil de lograr suele ser la que parece natural.

El Saint-Tropez que existía antes del mito

En La Ponche, Saint-Tropez todavía parece pertenecer a otra época.

Lejos de los grandes hoteles y del espectáculo permanente que hoy define buena parte de la ciudad, el hotel permanece escondido entre callejones estrechos y fachadas antiguas, casi como si siguiera resistiéndose al paso del tiempo. Allí no hubo nunca grandes gestos de ostentación. Tampoco la necesidad de impresionar. Quizás por eso tantos regresaban.

Desde finales de los años treinta, La Ponche fue refugio de escritores, músicos, artistas y actores que encontraron en ese rincón algo difícil de describir: la sensación de estar dentro de un pequeño mundo paralelo. Françoise Sagan escribió allí. Boris Vian cruzaba detrás del bar para servir tragos a sus amigos entre conversaciones interminables. Brigitte Bardot convirtió el lugar en parte involuntaria de la mitología de Saint-Tropez. Y durante un tiempo, el barrio entero funcionó como una extensión mediterránea de Saint-Germain-des-Prés.

La renovación realizada por Fabrizio Casiraghi entendió perfectamente que el verdadero valor del hotel no estaba en modernizarlo, sino en conservar su alma. El diseñador imaginó el proyecto como “la casa heredada de una abuela”: un lugar construido a partir de objetos encontrados, materiales cálidos, terracota, madera oscura, alfombras persas y detalles que parecen acumulados con el tiempo más que decorados deliberadamente.

El resultado evita el exceso de sofisticación que domina gran parte de la hospitalidad contemporánea. Todo parece pensado para vivir el Mediterráneo de forma natural: desayunos frente al puerto, almuerzos que se alargan hacia la tarde, cenas a la luz de las velas y mañanas silenciosas junto al mar antes de que el pueblo despierte completamente.

La propuesta gastronómica sigue la misma lógica. El chef Simon Pinault trabaja desde una cocina mediterránea luminosa y profundamente local, donde aparecen pescados del Golfo de Saint-Tropez, vegetales regionales y una bouillabaisse concebida para compartirse lentamente.

Más que un hotel, La Ponche parece funcionar como una memoria viva de una Riviera que todavía asociaba el lujo con la discreción.

En Cap d’Antibes, la Riviera cambia de ritmo

Aquí la Riviera se siente abierta, solar y cinematográfica. El paisaje domina todo. Los pinares, el mar, las pequeñas calas y esa luz particular de Antibes que fascinó a artistas como Picasso y Nicolas de Staël, y que también sedujo al cine de Hitchcock y Jacques Deray.

El arquitecto Bernard Dubois imaginó el Cap d’Antibes Hotel como una especie de residencia modernista suspendida entre Palm Springs y el Mediterráneo: líneas simples, materiales minerales, geometrías limpias y una relación constante con el exterior. Nada parece competir con el paisaje. Todo intenta acompañarlo.

Las habitaciones y suites se abren hacia jardines privados, terrazas y vistas al mar, mientras la propiedad mantiene una escala contenida que la aleja del gigantismo habitual de otros resorts de la Riviera.

La experiencia gastronómica también se divide en dos universos distintos.

Por un lado está BABA, el restaurante levantino de Assaf Granit, concebido alrededor de mesas generosas, mezze para compartir y una atmósfera relajada que se extiende desde el almuerzo hasta la noche.

Por el otro aparece Les Pêcheurs, la propuesta Michelin del chef Nicolas Rondelli, cuya cocina gira alrededor de la pesca diaria y una mirada mucho más íntima del Mediterráneo. La idea de cocinar “como un navegante”, siguiendo el ritmo del mar más que el de las tendencias, resume bastante bien el espíritu del lugar.

El bienestar aquí tampoco se presenta como espectáculo. Hay yoga frente al jardín, tratamientos botánicos firmados por Monastery, caminatas junto al mar y una cierta invitación permanente a desacelerar.

En ambos hoteles existe una misma búsqueda: recuperar una Riviera menos estridente y más conectada con la experiencia de habitar el Mediterráneo.

Hay lugares que no necesitan demostrar nada. Y quizás ahí reside precisamente su mayor sofisticación.