En una ciudad obsesionada con la novedad, regresamos a MATADOR ROOM, en The Miami Beach EDITION, para comprobar que relevancia y novedad no siempre significan lo mismo.
Miami tiene una relación particularmente intensa con la novedad. Cada temporada trae un nuevo hotel, un nuevo restaurante, otro lugar que parece imprescindible conocer antes de que llegue el siguiente. En medio de esa carrera permanente por descubrir lo nuevo, a veces olvidamos regresar a lugares que ya forman parte de la ciudad. MATADOR ROOM es uno de ellos.
Ha pasado más de una década desde que The Miami Beach EDITION transformó el antiguo Seville Hotel y abrió sus puertas frente al océano. Conocimos el Seville en sus últimos años, cuando el tiempo ya se hacía evidente en sus espacios, y quizás por eso siempre nos ha resultado especialmente interesante lo que ocurrió después. The Miami Beach EDITION consiguió algo difícil: transformar profundamente un hotel sin quitarle el alma.

Hoy ya puede considerarse casi un clásico del nuevo Miami Beach. Sigue siendo uno de los hoteles más bellos y mejor diseñados de la ciudad, y MATADOR ROOM, su restaurante insignia, resume buena parte de esa cualidad.
Diseñado como parte del proyecto de Yabu Pushelberg para The Miami Beach EDITION, el restaurante conserva una elegancia que no necesita llamar la atención para hacerse notar. Está el bar, la terraza abierta hacia la vegetación tropical, la piscina y el océano, y el comedor principal, que propone una experiencia completamente diferente. En verano escogimos este último.
El comedor principal es quizás el espacio más singular de MATADOR ROOM. Ovalado y dispuesto en dos niveles alrededor de una zona central hundida, su diseño evoca una plaza de toros. Sentados abajo, se tiene casi la sensación de estar dentro del ruedo, mientras el nivel superior lo rodea como una barrera.


Sobre todo ello domina el gran chandelier histórico, mientras una iluminación especialmente bien resuelta consigue algo que no siempre ocurre en restaurantes preocupados por crear atmósfera: hacer el espacio íntimo sin impedir ver aquello que llega al plato.
La mesa continúa el lenguaje del interior: mármol oscuro, porcelana Bernardaud y cubiertos de líneas sorprendentemente contemporáneas. Elegante, pero sin recurrir a los códigos tradicionales de un fine dining excesivamente formal.
Robert, manager de MATADOR ROOM, nos recibió y acompañó hasta la mesa. Allí tomó el relevo María, quien nos atendió durante la noche con esa combinación de simpatía, atención y conocimiento del restaurante que hace que el servicio se sienta cercano sin perder profesionalidad. Fue ella, además, quien nos hizo descubrir la referencia a la plaza de toros detrás del diseño del comedor.


La excusa para regresar esta vez fue Miami Spice, que celebra este año su 25 aniversario. El menú de MATADOR ROOM propone una selección de platos que ya forman parte de su carta habitual. Y ahí está precisamente lo interesante: no se trata de una versión creada para la ocasión, sino de una verdadera puerta de entrada a la experiencia del restaurante.
La cocina lleva la firma de Jean-Georges Vongerichten, junto a Lateisha Wilson, Chef de Cuisine, y se mueve entre referencias españolas, latinoamericanas y caribeñas.
Durante nuestra cena descubrimos también otro aspecto menos visible de su trabajo: el nivel de atención y personalización de la cocina. Una alergia impedía que uno de nosotros consumiera chiles y pimientos, presentes en varias de las preparaciones. La solución no consistió simplemente en retirar un ingrediente del plato. La cocina creó versiones especiales que permitieran mantener, en lo posible, la intención de cada preparación. Un esfuerzo adicional —especialmente en una cocina donde cada plato ha sido cuidadosamente concebido— que revela algo quizás todavía más importante: el deseo genuino de complacer al comensal.


Comenzamos, coherentemente, con una copa de Billecart-Salmon Brut Jean-Georges Cuvée. Entre los primeros platos, nuestro favorito fue el Tuna Tartare, servido sobre pan con tomate a la usanza catalana y acompañado originalmente de piquillo pepper. También probamos el fresco Hamachi, con watermelon, serrano pepper, avocado y cilantro, y una Heart of Palm Salad de la carta regular, con heirloom tomatoes, avocado y young coconut dressing.
Entre los principales, una de las sorpresas fue la Summer Squash and Squash Blossom Pizza. En lugar de la esperada salsa roja, los tomates Sungold crean una base amarilla sobre la que aparecen calabacines, flores de calabaza y ricotta. Original, delicada y especialmente buena. También llegaron los Glazed Short Rib Tacos, con habanero relish y crunchy onions, y un muy fresco Faroe Island Roasted Salmon con lemon glazed summer squash y chili crisp. Los acompañamos con una copa de Stags’ Leap Cabernet Sauvignon 2022.
Pero MATADOR ROOM había reservado su mejor juego para el final. La Key Lime–White Chocolate Stone Crab Claw parece, literalmente, una auténtica pinza de stone crab. Llega incluso acompañada por un pequeño mazo de madera con el que hay que romper la cubierta de chocolate blanco para descubrir en su interior una crema de key lime. Chantilly y salted graham cracker crumble completan un postre que consigue algo bastante más difícil que ser simplemente delicioso: se recuerda. Y difícilmente podría existir un postre más Miami que ese.

Esa noche había además una celebración. El restaurante sabía que era el cumpleaños de Leonardo y los dos postres llegaron juntos sobre una gran tabla de madera con un “Happy Birthday Leonardo” escrito en chocolate. Un gesto sencillo, pero también un recordatorio de que una experiencia memorable rara vez depende de una sola cosa. Se construye sumando espacio, comida, servicio, detalles y momentos capaces de hacer diferente una noche de cualquier otra.
Durante agosto y septiembre, MATADOR ROOM participa en Miami Spice con un menú de cena de tres tiempos por $65++, una oportunidad especialmente buena para acercarse a una cocina que, más allá de la promoción, continúa en su carta habitual.
Miami Spice nos dio la excusa para regresar. Pero al final de la cena, la historia que nos interesaba contar era otra.
En una ciudad permanentemente pendiente de la próxima apertura, vale la pena regresar a lugares que dejamos de frecuentar simplemente porque dejaron de ser nuevos. No por nostalgia, sino para descubrir cuáles han sabido atravesar el tiempo sin perder aquello que los hacía especiales. MATADOR ROOM es uno de ellos. Y quizás sea hora de redescubrirlo.








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