En una ciudad donde muchos restaurantes parecen diseñados para impresionar antes de incluso servir la primera copa de vino, Adrift Mare toma una dirección distinta. Más silenciosa. Más segura de sí misma. Menos interesada en convertirse en “escena” y más enfocada en construir una experiencia que realmente se disfruta mientras ocurre.

Ubicado en el piso 25 del Brickell Arch Hotel, el restaurante funciona como el verdadero corazón social del edificio. No solo porque es el único restaurante del hotel, sino porque toda la vida parece cruzarse allí: desayunos lentos frente a la bahía, almuerzos urbanos, cenas largas y un bar que prolonga discretamente la noche sobre el distrito financiero de Miami.
El espacio evita cuidadosamente cualquier caricatura mediterránea. No hay decoración temática ni intentos de recrear una isla europea dentro de Brickell. La estética es completamente contemporánea: un gran espacio de cristal y acero donde lámparas blancas suspendidas como móviles descienden desde el techo del atrium, mientras enormes palmeras aportan calidez y textura a un entorno que fácilmente podría sentirse frío.


El concepto mezcla distintas memorias mediterráneas —la Riviera francesa, Baleares, Italia, Grecia y el Levante— pero traducidas desde una sensibilidad mucho más urbana y contemporánea. Adrift Mare entiende perfectamente dónde está: rodeado de torres de cristal, tráfico financiero y vistas abiertas hacia la bahía. El Mediterráneo aparece aquí de otra manera: en los sabores, en el ritmo relajado de la mesa compartida y en cierta sensación de viaje internacional que atraviesa toda la experiencia.
La noche de nuestra visita coincidió además con la presencia del chef David Myers en Miami, creador del concepto Adrift —presente hoy en distintas ciudades alrededor del mundo— y conocido desde hace años como “The Gypsy Chef” por una cocina profundamente influenciada por sus viajes y experiencias internacionales.
Pero lejos de la figura distante del celebrity chef, Myers transmite más bien la sensación de un hombre acostumbrado a moverse entre culturas, ciudades y mesas distintas alrededor del mundo. Cercano, cálido y genuinamente amable, parecía recorrer el restaurante con la naturalidad de alguien que entiende que la hospitalidad no termina en la cocina. Y quizás por eso Adrift Mare se siente menos como un restaurante temático y más como el reflejo personal de una vida construida viajando.


Esa misma sensación se refleja también en el equipo del restaurante. Philip Couturier maneja el espacio con una calma elegante y muy natural, mientras que nuestro mesonero, Seneca, aportó durante toda la noche un servicio atento, relajado y genuinamente cálido, muy alineado con el espíritu del lugar.
La cena comenzó precisamente como deberían comenzar este tipo de noches: compartiendo. Un mezze platter con mixed olives, aged cheese, hummus, baba ghanoush, tabbouleh, falafel y baked pita fue marcando el tono de la mesa, seguido por crispy calamari y un falafel & kale salad con hummus, pomegranate y mixed grains que aportaba frescura y textura sin caer en la típica estética “wellness” tan frecuente en Miami.
Luego llegaron algunos de los platos más interesantes de la noche. El beef filet carpaccio con sundried tomato aioli, breadcrumbs y chili crisp aportaba profundidad y contraste, mientras que el crispy eggplant —servido sobre unas llamativas tostadas negras de charcoal batter junto a roasted garlic aioli y meyer lemon salt— resumía muy bien la personalidad visual y contemporánea de Adrift Mare.


La vajilla artesanal de Mervyn Gers, realizada a mano en Cape Town, dialoga además muy bien con las mesas de vidrio esmerilado y la arquitectura contemporánea del espacio. En medio del acero, el cristal y las líneas limpias del atrium, las piezas cerámicas introducen una sensación mucho más humana y orgánica. Nada parece colocado para llamar la atención de manera obvia. Son detalles que uno va descubriendo lentamente durante la noche.
Para acompañar las entradas comenzamos con un Albariño Fento, Pico da Ran de Rías Baixas, perfecto para la primera parte más luminosa y social de la mesa. Más adelante, ya con los principales, aparecieron un Stags’ Leap Chardonnay de Napa y un blend Penfolds Shiraz Cabernet Sauvignon de Penfolds que acompañaron muy bien el cambio de ritmo de la noche.
Entre los platos fuertes hubo lamb chops, prime beef filet y un excelente grilled red snapper con harissa aioli y tomatillo salad, probablemente el más interesante y original de la mesa. Un plato que resumía muy bien la filosofía del restaurante: inspiración mediterránea, sí, pero reinterpretada desde una mirada mucho más abierta, internacional y contemporánea.
Los postres mantuvieron esa misma lógica equilibrada. La triple chocolate tart con vanilla chantilly aportaba un cierre más intenso y nocturno, mientras que el basque cheesecake con seasonal berry compote ofrecía una versión más ligera y relajada del final de la cena.
Pero quizás lo más interesante de Adrift Mare no sea un plato específico. Es la sensación general del lugar. La manera en que el restaurante logra mantenerse elegante sin volverse pretencioso. La calma del servicio. El ritmo natural de la noche. El hecho de que nunca parece desesperado por impresionar.
En una zona como Brickell —donde muchos espacios todavía sienten la necesidad de demostrar constantemente lujo, exclusividad o visibilidad— Adrift Mare parece entender algo mucho más difícil de lograr: que a veces los lugares más interesantes son precisamente los que no necesitan gritar para ser descubiertos.







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