Gigi-Delano

Gigi Rigolatto: el alma de la hospitalidad italiana

23 julio, 2026
Por: Pedro Maal

Existen hoteles que recuperan todo su esplendor con una renovación. Otros lo hacen devolviendo la vida a sus espacios. La reapertura del Delano Miami Beach representa ambas cosas, y pocas experiencias lo reflejan mejor que una cena en Gigi Rigolatto, el primer restaurante de Paris Society en Estados Unidos.

Llegamos poco antes de las siete de la tarde. El verano todavía mantenía encendida la luz del día y el lobby del Delano conservaba ese movimiento pausado de quienes comienzan la noche sin prisa. Unos pasos más allá, antes de acceder al salón principal, un pequeño espacio de recepción marca la transición entre el hotel y el universo de Gigi. Allí nos esperaba Mimo.

Oficialmente Mimo es el host del restaurante, aunque el cargo resulta insuficiente para describir lo que hace. Recibe a cada persona como quien abre la puerta de su propia casa. Antes incluso de sentarnos a la mesa ya había conseguido algo poco frecuente: hacernos sentir esperados y bienvenidos como si fuera un viejo amigo. Ese primer gesto marcó el tono de toda la noche.

Mimo nos acompaña hasta la mesa y, mientras caminamos por el salón, observamos como los grandes arcos de madera, la vegetación y un imponente árbol organizan el espacio con una elegancia serena. La arquitectura tiene presencia, pero nunca reclama atención. Todo parece diseñado para que la experiencia, y no el escenario, ocupe el primer plano.

La mesa prolonga ese mismo lenguaje. Manteles blancos bordados, cubertería Christofle, porcelana de Gien y la luz cálida de las velas construyen una atmósfera donde nada parece excesivo. Solo después de unos minutos descubrimos un detalle que resume bien esa manera de entender el diseño: únicamente el plato del pan y el del postre están pintados a mano con el mismo motivo floral del mantel. El resto de la vajilla permanece completamente blanco. Un gesto discreto que habla de coherencia más que de ostentación.

Poco después se acerca a saludarnos Ana, la General Manager de Gigi Rigolatto. La conversación dura apenas unos minutos, pero confirma una sensación que ya había comenzado en la entrada. La hospitalidad de este restaurante no parece depender de una sola persona. Se percibe como una cultura compartida por todo el equipo.

Nuestro mesero, Andreas, inicia el servicio con una elegancia casi imperceptible, mientras Tony, el sommelier, propone comenzar la cena con una copa de Franciacorta Ca’ del Bosco. Podía haber recomendado un Champagne, pero aquella primera elección dejaba claro que la experiencia iba a mantenerse fiel a Italia desde el primer sorbo. Y así ocurre durante toda la noche.

Gigi Rigolatto no intenta reinventar la cocina italiana ni reinterpretar sus recetas. Su propuesta consiste precisamente en respetarlas, trabajando con excelentes productos y una selección de vinos que prolonga ese mismo discurso.

La cena comienza compartiendo un Carpaccio di Gambero Rosso, un magnífico Vitello Tonnato y unos delicados Fiori di Zucca, donde la ricotta, la trufa y un sutil toque de tomate seco encuentran un equilibrio extraordinario.

Antes de servir las entradas, Andreas hace despliegue de su arte: mezcla cuidadosamente cada preparación frente a la mesa. No busca convertir ese instante en un espectáculo. Lo hace porque entiende que así el plato llega exactamente como fue concebido por la cocina. Cuando esa intervención deja de aportar valor, simplemente desaparece.

Luego llegan las pastas. Para acompañar los Linguine alle Vongole, Tony propone un Giovanni Rosso Roero Arneis 2024, un blanco de gran frescura que acompaña con naturalidad la delicadeza del plato. Frente a él, unos memorables Spaghetti alla Nerano, donde el provolone aporta profundidad sin eclipsar la frescura del calabacín, encuentran su mejor compañero en Le Volte dell’Ornellaia 2023, un Bolgheri elegante que vuelve a demostrar que aquí el vino no pretende buscar protagonismo; simplemente encuentra su lugar junto a la comida.

La velada termina compartiendo un tiramisù. Curiosamente, vuelve a aparecer el mismo plato pintado a mano que había acompañado el servicio del pan al comienzo de la cena. Un pequeño detalle que cierra el recorrido de una mesa donde todo parece responder a una misma idea.

Compartir las entradas, disfrutar la pasta de forma individual y volver a reunirse alrededor del postre no responde únicamente a la secuencia del menú. Es una manera profundamente italiana de vivir la mesa, y Gigi Rigolatto consigue trasladarla a Miami sin artificios ni concesiones.

En un restaurante de este nivel, una cocina impecable, un gran diseño y una excelente carta de vinos son el punto de partida. Es exactamente lo que cualquier comensal espera encontrar. Lo verdaderamente difícil es otra cosa. Conseguir que, días después, uno siga recordando a las personas. 

Al abandonar el restaurante hablábamos del carpaccio de gambero rosso, del vitello tonnato y de unos espléndidos spaghetti alla Nerano. Días después, la conversación había cambiado por completo. Seguíamos hablando de Mimo. Y, a través de él, de Ana, de Andreas y de Tony.

Comprendimos entonces que un restaurante solo tiene una oportunidad con cada persona que cruza su puerta. Esa noche es la única que contará para ese comensal. En Gigi Rigolatto todos parecen entender esa responsabilidad con una naturalidad admirable.

Porque la hospitalidad que encontramos allí no nace de un protocolo ni de un manual de servicio. Se percibe sincera. Y quizás esa sea la mayor virtud de Gigi Rigolatto.

La hospitalidad no acompaña a la gastronomía; es la razón por la que la gastronomía se recuerda.